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martes, 19 de abril de 2016

SERES MOVIDOS POR IMPULSOS

Todos, o casi todos, hemos experimentado alguna vez ese sentimiento de afecto hacia una persona ajena o no a nuestro día a día. Son muchas las formas de encontrarnos con alguien que nos atraiga, ya sea por medio de trabajo, de estudio, o simplemente por mera coincidencia en un sitio concreto en el momento exacto de nuestra vida. No vengo a hablar de cómo hay que enamorarse (si bien se debería definir así al sentimiento de deseo sexual hacia otra persona, el cual no lo veo rentable para un diccionario), sino que me dispongo a que reflexione conmigo sobre cómo ha de llevarse una relación con una persona subjetivamente especial, lo cual es muy complejo y depende mucho de cómo sea cada uno. Tenga en cuenta que es una opinión personal como cualquier otra y puede estar sujeta a malas interpretaciones y errores. Allá vamos.

Digamos pues que en lugar de enamoramiento lo que surge es una atracción intensa simplemente, o progresiva según el caso dado. Es obvio que en los primeros contactos nuestro pensamiento gira en torno a esa otra persona, lo cual no es nada “sano” digamos. No obstante, esto es inevitable si realmente te gusta. Somos seres razonables dominados por los sentimientos al fin y al cabo, y eso nos lleva a tender hacia el pecado (o a lo inmoral para los cabezones de la religión y la lengua) en muchas ocasiones. La diferencia entre cada relación y entre cada ser humano al fin y al cabo reside en cómo progresa en su mente dicha relación cuando ya se ha superado esa primera fase de noviazgo tan novedosa como a la par intensa. Todos conocemos el típico caso de la pareja pegajosa, no nos hagamos los tontos. Si no lo conoces deberías salir más de casa y conocer a más gente. Esa pareja que deja a sus amigos de lado fingiendo un sentimiento de compensación basado en la mentira, queriendo unir en una persona a dos personas con vidas totalmente independientes que por mucho que se peguen no se van a unir. Sí, las parejas que se chupan entre ellas, las parejas que se quitan más vida de la que se dan, que quieren vivir sumergidos en una mentira intermitente el resto de su vida (aparentemente). Mi opinión es que esas relaciones están orientadas al fracaso ya sea en poco o en mucho tiempo, pues un ser humano como primer fin debe buscar la mejora de su naturaleza, su riqueza como persona, y el proporcionarle a otra persona un control injusto sobre ti no es viable. Está claro que con esto no quiero decir que querer a otra persona sea malo, o sea un sentimiento negativo, no tenemos que confundir lo que estoy describiendo con las parejas que han conseguido un grado de conexión tan extraordinario que se completan la vida uno al otro. Totalmente al contrario, es buenísimo, pero como todo, es favorable hasta cierto punto. En el término medio está la virtud, como diría Aristóteles.

Otro caso frecuente es la relación de pareja puramente atractiva basada simplemente en desfogarse de la rutina cuando se ven. En este caso estamos hablando de un error mucho más grave que en el caso anterior. Si nos viésemos sumergidos en una relación de este calibre, solamente bastaría con pararnos a pensar un momento para ver cómo estamos usando a la otra persona como si fuese un utensilio, como un objeto más al que tenemos fácil acceso, olvidándonos por un momento de que los objetos siempre están ahí pero las personas no, las personas se acercan y se alejan constantemente de nuestra vida. Muchas personas ven este caso como algo normal, como algo moderno, como algo a lo que hay derecho porque todos somos libres y conscientes de lo que hacemos. No, señor/a, a lo que yo me refiero es a la despreocupación que significa una relación así, pues no olvidemos que no estamos hablando del popular término “follamigos”, sino que nos ponemos en la situación de dos personas que “quieren quererse” a través de una portada puramente física. Claramente se preocupan por ellos, pero no por su relación sino por la visión que tiene el resto de la gente por susodicha. Pero bueno, las personas que suelen caer en este error están acostumbradas. Total, se pasan así toda su vida normalmente. Yo estoy completamente a favor de intentar una relación con cualquier persona porque para ti está bueno/a, en eso no hay problema, pues la primera impresión siempre es 100% física, y quien diga lo contrario miente ya que somos animales al fin y al cabo. Pero cuando entramos en el llamémoslo segundo nivel es donde confirmamos si realmente sentimos atracción por esa persona, conociendo su personalidad y su forma de ser. Son muchas las relaciones que perduran gracias a esto. Al fin y al cabo, un pene acaba cayendo, unas tetas acaban caídas, los culos empeoran, la cara envejece, y lo más importante es que nosotros no queremos pasar el resto de nuestra vida con alguien a quien detestamos ver. La esencia está en la conexión mental, cuando solamente con mirar al otro tenemos claro que los dos nos valoramos mutuamente, pues cuando una persona da más en la relación que su pareja nos enfrentamos ante un problema común muy palpable orientado a la confusión y al error, salvo en contadas ocasiones donde todo se arregla. Sin embargo, no preocuparse por cómo concebir una relación y malinterpretarla para usar a la otra persona como medio para conseguir un fin de placer, a largo plazo nos va a perjudicar. Somos seres que nos movemos por costumbres, por valores morales (siempre tendremos excepciones, está claro, pero hablo de forma general), por caprichos. Una relación comienza siendo un capricho, pues estarás de acuerdo conmigo con que catalogarlo de necesidad sería algo aberrante. Pero cuando ese capricho se convierte en costumbre es cuando algo falla, cuando algo lo estamos haciendo mal. Con esto pasamos así al tercer caso, el de las personas que necesitan una relación, que dicen o aparentan no poder estar solas.

Nuestro tercer caso es el que más me aterroriza, pues influye y empeora casi siempre la vida de cualquier ser pensante. Las personas, ya sean chicos o chicas, independientemente del sexo, de la edad, o de la etnia, que sienten la necesidad de tener una relación presente en su día a día son las que pecan a la misma vez de costumbre y de capricho, pero en este caso de una peor forma, pues se hace sin un pensamiento razonable previo. Cuando salimos a la calle vemos de vez en cuando a la típica persona de muy buen ver con el que nos daríamos un revolcón si se diese el caso y nadie lo supiese, hablando desde el instinto animal. Es tarea de nuestro cerebro darse cuenta de que tenemos algo que nos diferencia de los animales, que es la capacidad de reflexión y síntesis sobre cualquier cosa, sea en el caso que sea. Tenemos que saber lo que nos merece la pena y lo que no. Si todos nos guiásemos por sentimientos abstractos y por instintos, nuestra sociedad sería muy mecánica al estilo del libro “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, donde no hay ningún problema en tener una relación por probar, aunque a priori creas que no te va a gustar, e incluso se vea mal el no aceptar esta situación.

Con todo esto quiero llegar a la siguiente conclusión: para poder conocer a una persona primero debemos comenzar por conocernos a nosotros mismos. ¿Qué soy? ¿Cómo soy? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿En qué podría ser de gran utilidad? ¿Estoy haciendo lo correcto? Después nos podríamos empezar a plantear un conocimiento profundo del prójimo. Estamos ante un problema muy grave: infinidad de personas buscan completarse conviviendo con una persona que complemente con él o ella, incentivando a su vez y prejuzgando una manera de ser de otra persona que debe de coincidir con lo que yo pienso que debe ser. Necesitamos valorar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos. Necesitamos amar lo que hacemos y dejarse de tanto amar a otros solamente. Tenemos que amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás, pues si no tenderemos a caer en el caso de la pareja pegajosa que se necesita constantemente para poder sentirse definidos en este mundo, ya que por separado siempre les va a faltar algo. Falta gente que valore lo que hace, que ame lo que hace, lo que dice, lo que piensa, y que esté orgulloso de ello. Hay que acabar con la “raza” que se ha creado en el siglo XXI del personaje en busca de la relación perfecta, el trabajo perfecto, con la familia perfecta. ¡Es imposible y no nos queremos dar cuenta! ¡Lo único que se puede intentar perfeccionar es a uno mismo, y aun así no se consigue tan fácil! Voy a terminar animando a los que han leído este artículo-reflexión a que nunca se encierren en un pensamiento, a que duden de lo que les gusta, que duden de su sexualidad, de sus costumbres, de su trabajo, de su familia, pues no siempre lo que hace la mayoría es lo correcto, y ni mucho menos hay que dejar que cuando muchas personas dicen una mentira esta se convierta en una verdad. Nacemos prejuzgados por la sociedad que nos rodea, la cual siempre nos quiere limitar a lo largo de nuestra vida. Ser diferente está mal visto, ser distinto a mucha gente le da asco. No tenemos por qué aguantar a una persona a lo largo del tiempo si esta no se merece nuestro cuidado, y por lo tanto para evitar esta confusión no debemos de seleccionar por seleccionar a nadie para confrontar una relación sentimental, ni tampoco cerrar nuestras puertas a nada.

Disculpen la trascendencia que ha tenido mi escrito, pasando del tema del amor a una temática más general abarcando trabajo, familia, salud, amigos, etc. Solo quería poner el amor de excusa para entrar en puntos más importantes le pese a quien le pese, que siempre serán la definición de uno mismo y la búsqueda de la felicidad individual, por muy sociales que seamos. Amen lo que hacen, y elijan bien a quién y cómo amar… ♥



domingo, 13 de septiembre de 2015

Aldous Huxley, condicionamiento neopavloviano y pequeñas dosis de romanticismo quijotesco


                

Si por algo se han caracterizado hombres como George Orwell, Ray Bradbury o Aldous Huxley y les han hecho merecedores de recuerdo por parte de cada nueva generación de lectores es, además de por un indudable e indiscutible talento literario, por su impresionante carácter profético. Y es que, tras haber leído las tres grandes distopías de mitad de siglo anterior, puedo afirmar que grandes figuras proféticas como Moisés o Mahoma se quedan a la altura del betún en comparación con esos tres escritores en lengua inglesa. Pero hoy será Aldous Huxley el objeto de discusión y análisis, quizás otro día yo o mis compañeros os hablemos de los otros magníficos autores que mencioné a principio de esta entrada.

Aldous Huxley es uno de esos escritores cuyo nombre va obligatoriamente unido al de una única obra. Al igual que Cervantes es conocido en el mundo entero por la autoría de Don Quijote, el británico lo es por su novela Un mundo feliz. No estoy diciendo que obras como El tiempo debe detenerse o las puertas de la percepción (tampoco las he leído) no sean de calidad comparable a la mencionada antes, pero es irrebatible que no hay obra suya que haya causado mayor impacto en la sociedad y que haya dado tanto de qué hablar, incluso todavía hoy, y de la que estoy seguro que también dará en un futuro de qué hablar. Y es lo que tienen estas obras de extraordinario carácter profético, que conforme pasa el tiempo, cada vez son más actuales, ya que podemos encontrar un mayor número de aterradoras coincidencias entre nuestro mundo actual y los universos futuristas (en su tiempo) que crearon tales escritores.


Al igual que en la distopía orwelliana 1984 se nos presenta un Londres tan futurista como horrendo, A brave new world (título original en inglés) no se queda atrás. Pero si bien el universo que propone Orwell en su obra es un partido férreo y dictatorial que utiliza todo tipo de técnicas de manipulación del pensamiento y de control social para asegurar el poder y evitar una hipotética revolución, la sociedad descrita en el libro de Huxley no está exenta de vomitivas características y de un infausto destino para los habitantes de esta. Ahora bien, es bastante diferente a la Oceanía que controla el Big Brother. Narra un mundo en el que los habitantes son procreados in-vitro como si de una cadena de montaje se trataran. Y es curioso que en ese mundo distópico tengan como dios a Ford, ya que la sociedad allí es creada a imagen y semejanza de cómo se fabrica un coche según el modelo de producción en serie taylorista, o como ya he mencionado antes, como si de una cadena de montaje se tratara (No sé si eso es mera coincidencia o fue hecho intencionadamente por Huxley). Existen cinco “castas”, clases sociales por llamarlo de otra forma, en jerarquía de mayor a menor importancia y rango: Alfas, Betas, Deltas, Gammas y Épsilon; y cada una de estas clases sociales será condicionada mediante un progresivo programa de lo que se conoce como condicionamiento clásico  o pavloviano (De hecho, ya en el libro se conoce como Condicionamiento neopavloviano). Por si no conocen en qué consiste el experimento de los perros de Pavlov, les dejaré un vídeo al terminar el párrafo (También quedaría decir que un experimento similar se intentó hacer con humanos, que es lo que se conoce como El experimento del pequeño Albert, pero ya dejo a gusto del lector el informarse sobre ese tema). Cada clase social será condicionada para el tipo de trabajo que realizará y para hacer y “pensar” lo que corresponde a su casta. Por si fuera poco, además del condicionamiento pavloviano, también utilizan un desarrollado sistema de aprendizaje hipnopédico, que consiste en repetir cientos de veces mientras el sujeto duerme una serie de aforismos correspondientes a lo que se espera de su clase social. Finalmente, como si de una receta de cocina se tratase, a los 20 años aproximadamente ya estará listo el sujeto en cuestión, hará, pensará y dirá aquello para lo que ha sido condicionado durante años, y si empieza a notar algo humano como sentimientos de afecto, por ejemplo, una pastilla de soma lo arreglará todo, que es una especie de droga alucinógena y placeba para controlar, aún más si cabe, cualquier posibilidad de error. En otras palabras, los humanos de esa sociedad son seres sin libre albedrío, que repetirán una y otra vez aquellos aforismos que se les repitieron hipnopédicamente durante años y sin capacidad de pensar más allá de para lo que han sido procreados, entregándose a los placeres banales y absurdos del soma, el golf electromagnético, el sexo sin posibilidad alguna de procreación, el sensorama y al agua de colonia. Y, además, instituciones fundamentales en una sociedad como la nuestra tales como la familia o el matrimonio ahí están completamente abolidas, “todo el mundo es de todo el mundo”, y por supuesto, leer a Shakespeare o ver películas de Ingmar Bergman es algo completamente imposible, muy pocos conocen la existencia de tales sujetos y evitan que sean conocidos por el vulgo.

Sí, tanto como si has leído un mundo feliz o como si solo has leído el párrafo anterior,  lo descrito en ese libro o en ese párrafo es completamente aterrador. Pero seguramente lo que mucha gente piensa es que afortunadamente, es solo una obra de ficción redactada por un escritor de maravillosa inventiva. Y lo que quizá ustedes consideran una creación de una maravillosa inventiva, yo lo considero un acto profético (obviamente sin olvidar el mérito literario de la obra) cuyas primeras consecuencias están teniendo lugar en mi generación actual (y quizás ya mucho antes)


¿Que si estoy loco, que si exagero, que si debería daros el número de mi camello? Pues es posible, pero, sincera y francamente, yo no creo que esté equivocado en lo que estoy diciendo. Un mundo feliz presenta varias temáticas que son muy de actualidad y que hará reflexionar al lector hábil y que sepa que ese libro no es solo pura ficción sobre ellas. Mucha gente me ha comentado, incluso profesores han hablado de ello hacia toda una clase, sobre los peligros de la manipulación y la ingeniería genética, usando como contexto y ejemplo el libro que hoy es sujeto de debate. Y efectivamente, esa es la principal cuestión que al lector de Un mundo feliz le vendrá a la mente, cuestión importantísima y que daría para una harta discusión. No obstante, primero hablaré de otras cosas como lo son el condicionamiento clásico.  En la obra se hace de forma directa, en salas dedicadas exclusivamente a ello como parte de esa cadena de montaje fordiana, pero en ese Londres futurista todo el mundo sabe que es condicionado y se considera que es lo que se debe hacer y que eso es lo bueno. Sin embargo, nosotros, actualmente, mi generación (y quizás la de mis padres) empezamos a estar condicionados desde bien pequeñitos. Es un condicionamiento mucho más sutil que el de la distopía de Huxley, un condicionamiento silencioso, un condicionamiento tan discreto y cauteloso que muchos individuos morirán sin saber que durante toda su vida han sido burdos sujetos del actual circo (ni siquiera ostenta a llamarse teatro, no quiero ensuciar su nombre) del que somos pésimos malabaristas. ¿Dónde empieza tal discreto condicionamiento y quién se encarga de ello? Simplemente hay que echar un vistazo al mundo actual,  simplemente hay que observar, no ser ciegos como en la célebre novela de José Saramago, gente que se queda ciega de repente pero que luego resulta que fueron ciegos toda su vida, incluso cuando tuvieron intacto el sentido de la visión. Vivimos en un país gobernado por políticos ineficientes y caracterizados por una funesta mediocridad, los cuales (muchísimas veces subordinados a los intereses de las grandes empresas) utilizan sus mejores armas para este condicionamiento: los medios de comunicación. Somos bombardeados por parte de los políticos y las grandes empresas con, información manipulada y discursos populistas y demagógicos por parte de los primeros, y con publicidad pavloviana por parte de los segundos. Por poner un ejemplo sobre lo primero, la semana pasada, ayudando a mi tío a coger almendras, estaba yo escuchando Radio Nacional por la mañana, y en la tertulia, todos, absolutamente todos los participantes estaban en contra de la independencia de Cataluña. No voy a emitir juicio alguno sobre esa cuestión, pero lo más normal, lo digo yo y lo dice cualquier persona medianamente cuerda, es que en un debate que pueda hacerse llamar serio y honesto, ha de haber deliberantes de todo tipo de ideologías políticas y que no estén de acuerdo en la mayoría de cuestiones que se planteen. De ahí viene el que cada vez que hablo con una persona sobre el tema de la independencia me sueltan una sarta de insultos y odios hacia el pueblo catalán sin emitir un razonamiento coherente (y que conste que esto pasa en Cataluña también pero a la inversa, y también se puede estar en contra de la independencia pero dar argumentos sólidos y de peso como también hace gente). ¡Bravo! Han hecho bien su trabajo. También somos condicionados mediante la publicidad y el cine (y del cine ya hablé en una entrada pasada mía), todos queremos ser ricos, enamorarnos perdidamente de la mujer de nuestra vida y conquistarla tras miles de dificultades típicas de pésima película de domingo por la tarde en cualquier canal de la caja tonta, tener un cuerpo perfecto y ser como lo son nuestros ídolos de televisión o cine. En otra parte, una serie de almas diabólicas chochan los cinco por el buen trabajo hecho y se limpian el ano con billetes morados, riéndose de nosotros, que nos importan tres rábanos derechos que nos han sido suprimidos u otros que poco a poco van siendo suprimidos mientras sufrimos porque una muchacha no nos ama, nuestro equipo va tercero en liga o porque la poli ha cambiado la zona autorizada de botellón en el pueblo a una más incómoda. Y si tuviera que recalcar y hacer énfasis en dos características del condicionamiento del que somos parte, esta sería la resignación y la pasividad. Menciono esos dos adjetivos debido al hecho de que cuanto más hablo de política con jóvenes (e incluso con adultos) más común me es oír: “Pero Rafa, no podemos hacer nada, los políticos son unos hijos de puta y esto es así, España siempre ha sido así” o su variante nihilista: “Ya empiezas, Rafa, con tus tontunas de política, a mí me la suda lo que hagan esos cabrones, mientras yo sea feliz qué más me da la política”.


Y efectivamente, algo que me llama muchísimo la atención es que en los tiempos que corren somos muy felices, demasiado felices. Y es que es verdad, somos felices, pero felices a la misma manera en la que eran felices los habitantes de esa ridícula sociedad distópica creada por Aldous Huxley. Ellos tendrían el golf electromagnético y el sensorama, pero nosotros tenemos incluso todavía más vicios banales y absurdos. Mientras somos condicionados neopavlovianamente y somos privados de nuestro libre albedrío, no somos conscientes de aquello último y nos entregamos a placeres insulsos (al menos para mí) como lo son las ridículas fiestas actuales (en otras palabras, los macrobotellones), la televisión, el cine (y con cine me refiero al cine comercial utilizado como instrumento de dirección del poder, no a genios como Ingmar Bergman, Stanley Kubrick, entre otros, y sus obras maestras) y las redes sociales. Somos muy felices, amigos míos. Todo eso por lo que el ser humano ha trabajado y luchado durante siglos, la democracia, la filosofía, el arte; todo eso está siendo rebajado al nivel de la mierda, y nosotros, paradójicamente, somos más “felices que nunca”. Os puedo asegurar, como joven que soy, que leer es algo que está incluso mal visto en mi generación. Lo que más se lee son libros de dudosa calidad literaria, y los grandes clásicos como Shakespeare o Cervantes están vistos como algo antiguo y aburrido. Pronto llegará el día en el que cuando uno lea Don Quijote se le pregunte que de qué trata ese libro. Además, poca gente disfrutaría de películas como Fresas salvajes, Furia, o, por poner un ejemplo actual que salga de las directrices del cine comercial actual, Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia. Todo lo que sea pensar o darle un poco de movimiento a los tejidos cerebrales y neuronales impide ser feliz, al igual que en la obra del autor inglés.


Que conste que para el lector que no haya leído Un mundo feliz y que tras leer estas líneas le hayan entrado deseos de proceder a su lectura que no voy a hacer spoiler alguno. Solamente diré que a lo largo de la obra aparece un personaje conocido como Mr. Salvaje con el que en cierto modo me sentí, en parte, identificado. Fue el único que se dio cuenta de la falsa felicidad que rodeaba ese mundo y que intentó hacer algo por cambiar. Era, al fin de al cabo, ese caballero andante que salió con su lanza en mano movido por unos bellos ideales dispuesto a repartir justicia por el mundo y que se da de bruces contra el enorme muro que es intentar hacer algo justo y honesto en la vida. Quizá Cervantes fuese el primero en darse cuenta de ello. Aldous Huxley encarna en Mr. Salvaje el espíritu idealista del Caballero de la Triste Figura. Incluso podría decirse que Un mundo feliz es una sublime y breve “reescritura” de Don Quijote adaptada a los tiempos modernos, con un carácter profético y de ciencia ficción, una obra que agitará conciencias y despertará a más de uno, todavía hoy, del gran sueño generalizado en el que vivimos. En resumen, Un mundo feliz reúne también esa característica típica de libros como Don Quijote o El lobo estepario: Vivir en un mundo en el que todo el mundo es falsamente feliz y en el que aquel que busca algo más allá de esa paupérrima superficialidad acaba sumido en la incomprensión y la desgracia.


Pero lo que verdaderamente me preocupa son los avances en materia de manipulación genética, otra de las cuestiones más actuales que nunca del libro, ya que actualmente, uno siempre podrá iluminar conciencias e intentar hacer algo por cambiar este país lleno de corrupción e hipocresía desde hace siglos (literalmente, siglos). Pero con un código ético y moral científico de discutible validez, quizás la profecía de Huxley se haga cierta y en un futuro el esperma de mis descendientes sea utilizado para crear cientos de Gammas-Más y la obra del brillante autor británico sea almacenada en los estantes de algún interventor mundial, al lado de Otelo o Luces de Bohemia…


Y para terminar, les dejo un tema de Pink Floyd que me encanta titulado The Trial, acompañado de unos esperpénticos dibujos animados. Que conste que no tiene que ver nada con el articulo, lo hago porque me da la gana

  1.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La educación por los padres y el libre albedrío: La naranja mecánica


Dar una educación completa a los hijos es una de las mayores responsabilidades de los padres y una de las cosas más complicadas que hay. Todo ello se traduce en una difícil lucha en la que los padres se valen de la dialéctica (o no, ya me entendéis) para que sus hijos se comporten de la forma adecuada en todo momento, esto es, deben inculcárseles a los niños los valores suficientes para que estos sean dotados de moral, para que sean personas de provecho, para que estudien, para que trabajen… Este artículo se centrará en la educación que los padres dan a los hijos, pero saliéndome un poco del paradigma típico, pues no me centraré tanto en las “malas artes” que puedan utilizar los padres para educar a sus hijos, sino en el contenido de esa educación, es decir, lo que se enseña.

Un padre está en la obligación de formar a su hijo para que este actúe de un modo “políticamente correcto”, lo que sería el manual del buen ciudadano: no matar, no robar, tratar a las personas con respeto, ser educado, obedecer la ley, bla bla bla. Pero no es eso a lo que me refiero, cuando digo “lo que se enseña”. Y es que surge un problema cuando el padre sobrepasa los límites de sus obligaciones y comienza a imponer su propio pensamiento al hijo. No es atípico que un hijo tenga la misma ideología que su padre, sea esta de un extremo o del otro, entonces es cuando comienzo a pensar que el padre ha educado al hijo proyectando su pensamiento sobre el de su descendiente. Pensaréis, “¿acaso no es el padre el encargado de educar a su hijo? ¡Este puede hacer que su hijo piense como quiera!” Estoy radicalmente en desacuerdo. Y es que ser padre no te da licencia para hacer que tu hijo piense de una determinada forma, eso sería privar a tu hijo de uno de los mayores tesoros de los que podemos disfrutar desde que nos deshicimos de los estados totalitarios, hablo del libre albedrío. Un padre no es dueño de su hijo, ni de su pensamiento, por tanto, el padre, cuando le impone su ideología al hijo, está arrebatándole uno de los mayores bienes de los que podrá disfrutar, la libertad de pensamiento. Opino que suprimir la libertad de pensamiento de un hijo aprovechando la fácil manipulación de los niños de corta edad es algo deleznable y ruin.  El “Mi hijo debe ser católico, patriota, le gustarán las mujeres…” o el “mi hijo será comunista, ateo…” son frases que mucho daño hacen.

Se puede estar más o menos de acuerdo conmigo, pero lo innegable es la extraordinaria importancia de la libertad como valor superior y del que estamos dotados todos los seres humanos, valor sobre el que absolutamente nadie (tenga mi sangre, porte una sotana o haga uso de la demagogia en discursos públicos) debe inmiscuirse. Una persona es dueña de sí misma, y punto. Entonces, ¿no es reprochable que un padre, por muy padre que sea, imponga su ideología al hijo? Me veo en la necesidad de aludir aquí al genial discurso de Fernando Fernán-Gómez interpretando a un profesor en la película “La lengua de las mariposas” de José Luis Cuerda: “En el otoño de mi vida, yo debería ser un escéptico. Y en cierto modo lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro: si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro.” La frase va dirigida a atacar a los regímenes totalitarios, pero podría ser perfectamente adaptable aquí.

Como buen amante del cine que soy me resulta casi absolutamente imposible evitar la comparación entre esta “supresión de la voluntad” de los padres a los hijos con la “supresión de la voluntad” latente en la película “La naranja mecánica” del genial Stanley Kubrick. Cierto es que dicha comparación pueda resultar un poco radical teniendo en cuenta que en “La naranja mecánica” el individuo es atado con los ojos abiertos y sometido a ciertas “torturas” y que en la película no son los padres quienes ejercen la función educadora, sino el Estado. No obstante, ¿acaso no es el resultado el mismo? ¿Acaso no termina siendo impuesta la moral y el ideal de uno sobre el de otro? Sea como sea, cuando a Alex le aplican la terapia en “La naranja mecánica” nos llegamos a solidarizar por el e incluso sentimos lástima, porque no vemos a un ser humano con capacidad de decisión y elección, sino a alguien que ha sido coaccionado, chocando con la idea de libertad de las sociedades occidentales. Si a los hombres se les priva de ese derecho (aunque lo usen en perjuicio del resto) se les priva de la facultad de ser humanos.


Y es que durante la infancia, todo lo que los niños perciben en el hogar, quedará profundamente marcado en sus vidas y su influencia durará toda la vida. Por este motivo, los padres deben de ser muy cuidadosos con sus actos, con su conducta, con las muestras de afecto y cariño, con la disciplina y es su deber proporcionarles un clima de comprensión, de afectividad, de respeto, de tolerancia, de humanidad donde cada miembro de la familia pueda expresarse con libertad sin miedo y donde el niño pueda sentir que su hogar es un refugio.

Entonces llegamos a uno de los grandes problemas en la forma de educación de los padres hacia sus hijos, que es el estilo educativo autoritario: los padres estiman aquí que la educación ha de fundamentarse en el estricto cumplimiento de normas inmutables. Los niños son vistos como sujetos pasivos, no pueden razonar o pensar sobre las normas, dichas normas están fuera de toda crítica. Los puntos de vista de los niños no se tienen en cuenta o se infravaloran, según los padres les falta capacidad y experiencia, las pautas de comportamiento son impuestas y la respuestas a su desacato el castigo. Como un dictador, el padre se cree dueño de su hijo y dicta e impone sus normas sin dar explicación lógica, suprimiendo el pensamiento del niño, sea este más o menos acertado. Entonces el niño se convierte en una “naranja mecánica” privada del libre albedrío.

Siendo indiscutible la necesaria labor de los padres en la educación de sus hijos, en su formación como persona, y siendo también importante la libertad de pensamiento de un hijo, ¿son estos compatibles? ¿Cuáles son los límites entre uno y otro? Son compatibles, porque yo soy libre, porque yo soy moral. Queda en manos de los padres hacer de sus hijos seres pensantes o naranjas mecánicas.

lunes, 7 de septiembre de 2015

"Scarface" o la tapadera de un escándalo

Esta fría y húmeda tarde de marginal y agonizante verano me trajo consigo el visionado de una perla del cine negro, Scarface. Dirigida por Brian de Palma y protagonizada por un estelar Al Pacino, esta película nos muestra la cara que no nos enseñan los reportajes o los telediarios de la mafia, ese universo interno y sórdido de los grandes mafiosos, que lo tienen todo excepto lo más importante, el cariño de quien daría su vida por ellos.
Efectivamente, Tony Montana, nuestro entrañable mafioso encarnado por Pacino, pasa penurias en su ascenso a la cima del narcotráfico. Comienza como un refugiado político del régimen de Castro en EEUU, y en poco tiempo se codea con los grandes padrinos de la ciudad de Miami, con los cuales no tiene clemencia. Despiadadamente, hace cualquier cosa para alcanzar su sueño: poseer millones de dólares, mujeres, cocaína y champán. Todo pinta de lujo en la primera mitad del filme, cuando Montana consigue controlar todo el ciclo de la cocaína: desde su cultivo hasta su venta a particulares, todo es una tela de araña tejida por el poder de Tony. Sin embargo, este mundo ficticio se empieza a desmoronar. Montana no está a gusto con su situación, tiene todo aquello con lo que solo pudo soñar en la cárcel de Cuba, y no está satisfecho. Cobra sentido aquí el celebérrimo refrán que hemos oído desde niños: "No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita", aunque yo prefiero la versión de Homer Simpson, metafórica y con su típico toque de humor absurdo: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar, Marge, un dinosaurio". Desde aquí lanzo una oda a la gran sabiduría de Homer y que, ante prácticamente todos, pasa inadvertida.

Supongo que la mayoría de los espectadores de esta gran obra audiovisual habrán entendido como moraleja este refrán antes referido, mas yo prefiero quedarme con una reflexión de Montana en su piscina, y cito textualmente: "Son los tipos como este, y comos los banqueros, y los políticos, los que quieren que la cosa (el narcotráfico) sea ilegal. Así pueden ganar un buen dinero unos y un montón de votos los otros. Luchan contra los malos. Ellos son los malos". 
Personalmente me parece una reflexión simplemente brutal. Y es que Tony lleva toda la razón. El narcotráfico es ilegal debido a los problemas que ocasionan las drogas en las personas que las consumen, pero al fin y al cabo son los propios consumidores quienes eligen sufrir estos perjuicios. Pero, ¿y los ciudadanos de a pie? ¿Y todos los que tenemos que padecer el irrisorio circo de banqueros, políticos y demás fauna? Nosotros no elegimos sufrir este esperpento en el que es legal desahuciar a una familia que no puede pagar la hipoteca un mes y pasa inadvertida ante la justicia la sangría de dinero público que se queda en los bancos de los paraísos fiscales. Un teatro escrito por la más infausta injusticia que permite que los políticos mientan en sus campañas electorales y engañen al electorado y, además, coarten el derecho a manifestarnos para poder ellos elegir qué manifestación tiene lugar y en qué lugar. Sinceramente, la mafia que debería ser ilegal es la que Montana refiere, la mafia que ante nuestros ojos opera, la mafia de los banqueros y los políticos.

Y no, esto no es todo. ¿Y los medios de comunicación, que nos lavan el cerebro y nos convierten en zombies y borregos, animales que obedecemos a rajatabla las doctrinas que nos imponen para así perpetuar esta comedia sin fin, esta derrota eterna, esta humillación sin final? ¿Es legítimo impedir que una persona se suicide con cada gramo de coca y permitir que todos seamos asesinados con cada minuto de visionado de la televisión? Esta, amigos, es la verdadera muerte, la pérdida de nuestra condición humana, la caída a la mediocridad. 

Esta película me ha abierto nuevos horizontes en un tema que yo creía que había explorado hasta la saciedad. No son las mafias del narcotráfico y los asesinatos por ajuste de cuentas el verdadero enemigo, ni mucho menos. No son más que una cortina de humo que los caciques postran ante nuestros ojos para hacernos creer que la lucha es del bien contra el mal, pero lo que no sabemos es que quien se disfraza de bien es el verdadero mal, y a quienes hacen pasar por mal no son más que más víctimas del sistema que estos sinvergüenzas nos han impuesto desde arriba y que es imposible de revocar. El Gran Hermano nos observa, nos ciega, y nos controla, recordémoslo siempre.

Te quiero, puta



                Esta lluviosa mañana, estaba yo escuchando el maravilloso Lago de los Cisnes del maestro Tchaikovski. Tras deleitarme con el sublime río de exquisitos motivos melódico-armónicos que suele ser la música del genio ruso, sentí un inmenso vacío en mi vida, como siempre me pasa cuando termino de leer una gran obra literaria o cuando termino de escuchar una gran obra de los compositores de antaño, ¿nunca os ha pasado? Y para cubrir ese vacío que cubría mi vida, no hice otra cosa que poner en Spotify una playlist de heavy metal. Y qué curioso, que la primera canción que se reprodujo fue la única que el grupo alemán Rammstein tiene escrita en nuestro idioma, una canción llamada, como reza el título de esta entrada: Te quiero, puta. Y aunque la letra pueda parecer una soberana mierda de muy mal gusto (que la verdad es que es así), un fragmento de ella me hizo pensar y lanzarme a escribir sobre un tema que, como ser humano, no me es ajeno y del que llevo tiempo queriendo hablar.

            He de confesar que nunca me gustaron esas cosas llamadas Petrarquismo y amor cortés. Todo eso de las donnas angelicatas (y más a mí que me gustan mucho más morenas…), del amor platónico, de la idealización de la mujer de  la ausencia del deseo sexual y encima de todo eso de la sumisión de la mujer, de tenerla como un sujeto pasivo, me pareció un auténtico cúmulo de tonterías e hipocresía. Y digo esto último porque el seductor protagonista de la obra más célebre de José Zorrilla no tiene nada que ver con los comportamientos depravados y mujeriegos de muchos poetas de la época. Y por si fuera poco, mi generación, unos cuantos siglos después, tiene que pagar el pato siendo bombardeados por una concepción parecida a la de entonces como fruto de la fuerte tradición petrarquista. Y sí, no me gusta ese cóctel de tontería, hipocresía (de nuevo) y tópicos de las que están llenas el 80% de películas actuales e incluso la literatura. Siempre la misma basura del chico que se enamora de la chica guapa, y tras mucho sufrir la película acaba en un apasionado morreo de ambos. Luego nunca se cuenta qué ocurre después, cuando es muy probable que sea un matrimonio infeliz (como lo son la mayoría) con dos hijos consumistas y malcriados en cuya frente estará también marcado ese infausto destino, el de enamorarse y luego ser infeliz. ¡Y lo mejor es que muchísima gente se cree todas esas chorradas de la típica película de domingo aburrido de Antena 3! Pero en fin, ya hablaré otro día de la relación de la visión del amor actual con el petrarquismo y del cine como instrumento de conducción del poder.

            Aunque aborrezca la actual percepción neoplatónica y “neocortesiana” con el que se enfoca al amor desde el cine y otros medios de comunicación y que cala fuertemente en ciertos sectores de la sociedad, eso no quiere decir que sea una especie de misántropo (miento, un poquitín sí) schopenhaueriano completamente ajeno al amor. También fui víctima de ese lavado de cerebro generalizado y por supuesto me he enamorado de mujeres que no me podían ofrecer nada útil, y que sin embargo, dios sabe por qué, me volvían loco.  Pero en fin, ahora que considero que soy un ser maduro (en ocasiones no tanto) y con una visión diferente del mundo a la que tenía antes, criticaré la hipocresía y la depravación de este sentimiento que, por fortuna o por desgracia (en mi opinión por desgracia), según dicen, mueve el mundo.

            Si hay algo por lo que nos caracterizamos los seres humanos, es por cuán ridículos y absurdos podemos llegar a ser. Muchas veces caemos en la trampa de pensar que somos diferentes al resto de seres que habitan este planeta, y no solo pensamos que somos diferentes, sino que somos superiores, cuando es muy probable que seamos la peor especie que jamás haya existido. Ya lo decía Nietzsche: “El mono es demasiado bueno para que el hombre descienda de él”. Misantropía aparte, otra cosa que caracteriza al ser humano es el ardiente deseo de amor que recae generación tras generación. Seguramente sea por un hondo temor de nuestro subconsciente a morir solos, ese eterno miedo a la soledad, es lo que muchas veces hace que deseemos amar y ser correspondidos, aunque quizá no me des la razón ahora mismo. Casi siempre que pregunto a mis contemporáneos sobre cuáles son sus objetivos en la vida,  es raro no oír un “formar una familia”, “encontrar al amor de mi vida”, “casarme y ser feliz”, lo típico. También una cosa que me llama la atención es la continua exaltación del amor que se hace en las redes sociales, subimos fotos a Instagram, a Facebook, al múltiple elenco de mierdas, quiero decir, redes sociales; queriendo hacer ver que mi pareja es la mejor, que es lo mejor que me ha pasado en la vida, y recordaros a los demás que no tenéis pareja y que vuestra vida es una mierda. El pequeño misántropo que llevo en mi interior hace que brevemente sonría irónicamente cada vez que corta una pareja así. Y amigos míos, toda esta exaltación que hacemos sobre el amor, no es más que una pútrida mentira hecha subconscientemente por el ya mencionado miedo a la soledad.

            Seguramente estéis pensado que soy un amargado que  no se ha comido un rosco en la vida. Quizá hasta no vayas mal encaminado. Pero ahora bien, os recuerdo que muchas veces no somos más que animales, y como animales, hay algo que no nos es ajeno, que es el instinto de perpetuación de especie, en otras palabras, lo que hoy se considera la depravación: follar como conejos. Nos engañamos bajo el velo del amor, pero en nuestra gran mayoría no somos más que pervertidos deseando copular con lo primero que se pille o en contraposición, encontrar pareja lo más rápidamente para matar ese miedo subconsciente a la soledad. Con esas dos últimas premisas, no me extraña deducir que la gran mayoría de matrimonios actuales vivan amargados, odiándose mutuamente en silencio. ¿Y dónde queda el amor, todas esas cosas espirituales que los escritores e incluso filósofos han hablado durante siglos? A día de hoy, no son más que ilusiones, mera cuestión de percepción. No sería la primera vez que me encuentro con amigos que suben fotos con sus parejas a las redes sociales con vomitivos tochos de descripción que harían vomitar arcoíris incluso al más cursi de los poetas contemporáneos (si es que se les puede llamar así) amorosos que se dan a conocer por internet y que publican sus versos en ediciones muy bonitas para ocultar su mediocridad, que me confiesan, al ver pasar en una cafetería a tres mujeres bellas, que se tirarían a las tres una por una, o que les gustaría tener un cuerpo escultural para ligar todo lo que quisieran, a lo que yo, perplejo, decía: “Tío, si tienes novia”; a lo que respondía: “Es que si estuviese como no sé quién, no tendría ni novia, solo follaría”. Neruda cuando estás con ella, Don Juan con tus colegas. Olé tus huevos.

            ¿Y qué tiene que ver Rammstein aquí? Precisamente en esa canción de dudoso contenido lírico, habían unos versos que rezaban “Entre tus piernas voy a llorar, feliz y triste voy a estar”. Lo que puede  verse como una frase sin sentido escrita por gente que no tiene ni idea de español (y desde luego, supongo que se les dará mejor la lengua de Goethe), yo lo veo como de la más clara definición de la situación actual  de ese sentimiento que mueve el mundo (junto con el dinero), y es que, las cópulas vacías de ese donjuán (o de esa doñajuana, que últimamente parece que hay más que donjuanes), o las de esa pareja que se cree que se ama profundamente pero que en verdad no es más que una paupérrima salida a ese vacío eterno que es la soledad; representan la desesperación y la tristeza, e incluso a veces resignación, por intentar alcanzar eso que se nos vende como amor verdadero, y que muy poca gente alcanza de verdad (principalmente porque no sabemos que diantres es), condenados a este eterno retorno del dolor y la soledad que nos rodea aunque tengamos pareja o 367169 amantes. Un te quiero que no representa nada, un te quiero que olvida la tercera palabra de la canción del grupo germano, puta (o puto, que quizás sea algo misántropo, pero os puedo asegurar que para nada soy machista).

            Quiero recalcar que esto no es una crítica directa a ninguno de vosotros, lectores. Es posible que muchos de vosotros seáis y seréis felices con vuestras parejas y que sentís ambos un amor sincero. Simplemente quería hacerme eco de este ambiente de hipocresía que está presente en mi sociedad actual y desahogarme un poco, porque yo también me he enamorado por desesperación, y quizás lo que quiera en lo más profundo de mi corazón es encontrar algo sincero y comprensivo en un mundo lleno de depravación e hipocresía. Mientras tanto, seguiré ojeando estos relatos de Borges que tengo junto a mí y disfrutando de la música de Tchaikovski. Y es que, últimamente solo veo cisnes negros…