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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Niebla



                                     


             El día estaba cubierto por una descomunal niebla, o al menos lo percibía el señor Don Vicente Marín, que acababa de entrar en su casa. Subía paulatinamente las escaleras, al ritmo que le permitía su avanzada edad. Tras esa particular odisea de peldaños y escalones, se dejó caer exhausto en el sillón. Y es que, la edad pesaba en él como pesa el dolor sobre alguien que acaba de perder a un ser querido. El fluir del tiempo, qué era exactamente (cuestiones que desde pequeñito le obsesionaron) y la duda de si había aprovechado el suyo, que ya sentía cómo se terminaba,  le angustiaban más que nunca en esa etapa de la vida. Hay que admitir que ochenta y dos años no son pocos, y más cuando uno lleva tiempo sin salir de casa. Don Marín pudo contemplar desde la panorámica vista de su confortabilísimo sillón su repletísima estantería llena de libros escritos en inglés, alemán, ruso, pero sobre todo en castellano. La niebla era tan densa que parecía que entraba en su propia casa. También pudo visualizar con excelso gozo y deleite, como consuelo de la inusual fatiga que había sufrido esa terrible mañana, aquel característico edén literario que le hizo compañía durante gran parte de su vida. Allí se hallaban desde Homero hasta él mismo, pasando por Cervantes, Shakespeare, Dostoievski, Nietzsche e incluso Stanley Kubrick, solo por citar a algunos de sus mejores compañeros y (únicos, en aquella terminal circunstancia de su vida) amigos. La verdad es que fueron los únicos que no le fallaron jamás en aquel mundo que parecía que le demostró empeñado en amargarle el existir. La niebla crecía y creía, se hacía más densa y apenas le dejaba leer los títulos de los lomos de los libros.


                Y finalmente, le llegó a nuestro entrañable anciano ese extraño momento en el que, según lo que se suele decir en el saber popular e incluso en libros y testimonios mínimamente serios, uno sabe que está a un instante de la muerte y comienza automáticamente a hacer un breve análisis de lo que ha sido su vida. Y comenzó a recordar el descubrimiento de su pasión (y quizás de su locura) con Don Quijote de la Mancha siendo apenas un infante de 6 años de edad, esa particular faceta de amante utópico y cobarde en la adolescencia, sus ojos grises, ese amor por la filosofía inculcado por Platón y Nietzsche (sí, una curiosa combinación, nosotros tampoco la entendemos), esos grandes y ojerosos ojos grises, ese intento fallido de meterse en política, que casi acaba con su vida, esos ojos, la niebla, grises, cada vez más densa y gris, ojos, las cartas de amor que nunca envió, la añoranza de un hijo y su insatisfecho deseo parental, ojos grises, niebla de sensaciones y de sentimientos indefinibles era lo que le rodeaba en ese momento. Se sentía turbadamente aturdido, en exceso, todo aquello era demasiado para él. Niebla, niebla, niebla. Demasiado gris era todo.


                Mareado era como se encontraba, por dar una vaga explicación de su estado (tampoco podemos decir más). Su frágil corazón latía cada vez más aprisa. Justo en ese momento la infame idea de que había tirado su vida a la basura, que no había sido más que un chiflado con alguna enfermedad o trastorno psicológico no diagnosticado comenzó a rodar por su arrugada cabeza. Pero, afortunadamente y atendiendo a las leyes de la razón, se tranquilizó, en esos agónicos momentos pudo comprender que no llevaba razón para nada. Terminó concluyendo que su vida, totalmente entregada a los libros, la filosofía y al cine (aunque a eso último más bien como espectador, ya que se iba a ir con esa asignatura pendiente) no había estado nada mal. Incluso también razonó que difícilmente podría haber imaginado una vida mejor… La única pena que guardaba su acuitada alma era la de poder haberla compartido con aquellos ojos grises.


                Tras un esfuerzo de inconmensurables medidas, el ilustre señor Don Marín se levantó con el coraje necesario que requería la situación y se alzó frente a la estantería, de la cual, mediante un azaroso proceso debido a las infaustas circunstancias, tomó en sus manos un libro. Pero la niebla ya se había hecho tan densa, tan densa, tan gris, tan bella y a la vez abyecta que no pudo leer el título. Una lástima. O podría ser que la niebla que percibía no fuera sino aquella que le estuvo persiguiendo durante toda su vida, y que lo que verdaderamente le impedía leer correctamente el título eran las lágrimas que en ese momento surcaban su rostro marchitado…

sábado, 12 de septiembre de 2015

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            “Cuando el rico hace la guerra, es el pobre quien muere” Jean – Paul Sartre


          Ya todo era irrevocable. Las tensiones internacionales habían llegado demasiado lejos. De nada sirvieron las políticas pacificadores y todas esas tonterías de los Estados supuestamente de derecho. La promesa de seguridad que nos vendieron bajo el velo de la democracia no resultó ser más que una gran mentira, otra pésima actuación del gran circo llamado Capitalismo, un absurdo y triste desencadenante del final de esta paupérrima obra de teatro que es la vida.

            Todavía recuerdo aquel fatídico día. El cielo estaba completamente nublado. Tan, tan nublado que parecía que nunca hubiera salido el sol; tan, tan nublado que quizás de verdad nunca hubiese salido. ¡Jamás el clima estuvo tan de acuerdo con la situación de la humanidad entera! Esa niebla que ya se extendía desde principio de siglo por Europa, esa niebla silenciosa, sigilosa, esa niebla de la que nadie se percataba acabó por atrapar y camuflar el corazón del Viejo Continente. Nadie salía ya de casa, ya no había niños jugando despreocupados jugando por los parques, ya no había ni bares repletos de gente ni bibliotecas llenas de lectores empedernidos. No quedaban ya parejas besándose bajo el fuego del amor en los atardeceres de domingo, ni quedaban padres jugando a la pelota con sus hijos. No, nada de eso existía ya. Solo existía miedo y dolor. 

            Allí estaba él, dispuesto a partir. Lo único que me quedaba tras la desaparición de mi padre. El sustento vital de mi alma, el fuego de mis entrañas. Dispuesto a partir por el capricho de unos pocos, una minoría que se empeñó en cargarse el planeta hace unos cuantos años. ¡Y vaya si lo consiguieron! Víctima de la gula de poder de esos sucios sujetos viles cuya alma debiere estar condenada al infierno, si es que este existiera, veíalo yo partir como si en su marcha se fuese lo último por lo que todavía querría estar viva. Esa mirada, mirada que podría contener a la humanidad en su conjunto, al tercer planeta del sistema solar y a su belleza ya efímera, se clavaba en mi cuitado corazón como si de un punzón se tratase. Una mirada que reunía la última pizca de esperanza de este desesperanzado mundo y la poca valentía que quedaba en este. Jamás olvidaré nuestra última conversación.

            -Sí, ahora he de partir, querida, pues no queda otro remedio si quiero continuar con vida. Ya sé que todo esto es algo absurdo, fruto de la avaricia de unos y la tolerancia de otros. Ahora pagaremos por todo aquello de lo que se nos advirtió y de lo cual hicimos oídos sordos. Pero –dijo mientras su mirada se clavaba en mis ojos, y su boca se acercaba muy lentamente hacia la mía-, si todavía quedare mundo tras finalizarla, no dudes que volveré, ¡Oh, ojalá volviere!, cavaremos bien hondo una fosa, y sí, allí enterraremos al mayor asesino, al peor genocida, a la más voraz y sanguinaria bestia de todas.
-¿A quién enterraremos, Víctor? –Dije con un hilo de voz, consternada por la situación
-Enterraremos a la guerra, querida –Dijo mientras podía ver en sus ojos marrones algo similar a la mismísima Providencia (y eso que soy atea) y sus labios restaban a escasos centímetros de los míos.

            Y sí, aunque resulte típico y obvio, me besó. Fue solo un momento, apenas 4 segundos, pero en ese breve lapso de tiempo sentí más que con cualquiera de los abundantes polvos de los que gocé en mi vida. Y se separó de mi boca diciendo:
-Y recuerda que en esta infame e infausta época, todavía nuestras bocas no se compran. 

            Y ya lo vi irse definitivamente, y creo recordar que a lo lejos gritó “Volveré”. Yo meramente pude limitarme a llorar. A llorar por mí, por él, por nosotros y por la humanidad entera. Llorar por ese niño que en vez de jugar a ser caballero andante o explorador vivió su infancia bajo las penurias de una matanza, a llorar por todos esos amantes separados por la guerra, por el atardecer en sí, que ya no se encontró con el ocaso de esas dos personas que se quieren, sino con la vil imagen de tres soldados alemanes devorándole el cerebro a un caballo puesto que no tienen ya pan en el puesto de campaña; por aquellas madres que vieron a sus hijos partir y perecer a las tres semanas de la mayor guerra jamás habida. Llorar por la frágil belleza de este mundo destruido por los caprichos de unos cuantos magnates. ¡Oh, ojalá volviere!

            Incluso pasados tantos años, todavía guardo una pala, una pala con la que tú y yo íbamos a enterrar a Lucifer, al mayor mal de todos, ahí está junto al montón de libros que me ha acompañado todo este tiempo. Todavía le sigo esperando, pero de una forma pueril e inocente, puesto que es obvio que no volverás y que ya es imposible enterrar a esa bestia, puesto que ya ella se enterró sola, con la desgraciada noticia de que se llevó con ella a la fosa a más gente de la que en cementerios cabría en el mundo.

            Pero yo estoy sola, y ya no me queda nada. Solo un papel y una pluma con la que escribo estas míseras palabras. Solo hay muerte y niebla. ¿O quizás no haya muerte, sino que meramente haya ausencia de vida? En fin, no creo que sirva de nada ponerse a filosofar ahora, puesto que: ¿de qué sirve la filosofía cuando apenas queda porción de tierra sin arrasar?

            ¡Oh, ojalá volviere!