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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La educación por los padres y el libre albedrío: La naranja mecánica


Dar una educación completa a los hijos es una de las mayores responsabilidades de los padres y una de las cosas más complicadas que hay. Todo ello se traduce en una difícil lucha en la que los padres se valen de la dialéctica (o no, ya me entendéis) para que sus hijos se comporten de la forma adecuada en todo momento, esto es, deben inculcárseles a los niños los valores suficientes para que estos sean dotados de moral, para que sean personas de provecho, para que estudien, para que trabajen… Este artículo se centrará en la educación que los padres dan a los hijos, pero saliéndome un poco del paradigma típico, pues no me centraré tanto en las “malas artes” que puedan utilizar los padres para educar a sus hijos, sino en el contenido de esa educación, es decir, lo que se enseña.

Un padre está en la obligación de formar a su hijo para que este actúe de un modo “políticamente correcto”, lo que sería el manual del buen ciudadano: no matar, no robar, tratar a las personas con respeto, ser educado, obedecer la ley, bla bla bla. Pero no es eso a lo que me refiero, cuando digo “lo que se enseña”. Y es que surge un problema cuando el padre sobrepasa los límites de sus obligaciones y comienza a imponer su propio pensamiento al hijo. No es atípico que un hijo tenga la misma ideología que su padre, sea esta de un extremo o del otro, entonces es cuando comienzo a pensar que el padre ha educado al hijo proyectando su pensamiento sobre el de su descendiente. Pensaréis, “¿acaso no es el padre el encargado de educar a su hijo? ¡Este puede hacer que su hijo piense como quiera!” Estoy radicalmente en desacuerdo. Y es que ser padre no te da licencia para hacer que tu hijo piense de una determinada forma, eso sería privar a tu hijo de uno de los mayores tesoros de los que podemos disfrutar desde que nos deshicimos de los estados totalitarios, hablo del libre albedrío. Un padre no es dueño de su hijo, ni de su pensamiento, por tanto, el padre, cuando le impone su ideología al hijo, está arrebatándole uno de los mayores bienes de los que podrá disfrutar, la libertad de pensamiento. Opino que suprimir la libertad de pensamiento de un hijo aprovechando la fácil manipulación de los niños de corta edad es algo deleznable y ruin.  El “Mi hijo debe ser católico, patriota, le gustarán las mujeres…” o el “mi hijo será comunista, ateo…” son frases que mucho daño hacen.

Se puede estar más o menos de acuerdo conmigo, pero lo innegable es la extraordinaria importancia de la libertad como valor superior y del que estamos dotados todos los seres humanos, valor sobre el que absolutamente nadie (tenga mi sangre, porte una sotana o haga uso de la demagogia en discursos públicos) debe inmiscuirse. Una persona es dueña de sí misma, y punto. Entonces, ¿no es reprochable que un padre, por muy padre que sea, imponga su ideología al hijo? Me veo en la necesidad de aludir aquí al genial discurso de Fernando Fernán-Gómez interpretando a un profesor en la película “La lengua de las mariposas” de José Luis Cuerda: “En el otoño de mi vida, yo debería ser un escéptico. Y en cierto modo lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero. Pero de algo estoy seguro: si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad. Nadie les podrá robar ese tesoro.” La frase va dirigida a atacar a los regímenes totalitarios, pero podría ser perfectamente adaptable aquí.

Como buen amante del cine que soy me resulta casi absolutamente imposible evitar la comparación entre esta “supresión de la voluntad” de los padres a los hijos con la “supresión de la voluntad” latente en la película “La naranja mecánica” del genial Stanley Kubrick. Cierto es que dicha comparación pueda resultar un poco radical teniendo en cuenta que en “La naranja mecánica” el individuo es atado con los ojos abiertos y sometido a ciertas “torturas” y que en la película no son los padres quienes ejercen la función educadora, sino el Estado. No obstante, ¿acaso no es el resultado el mismo? ¿Acaso no termina siendo impuesta la moral y el ideal de uno sobre el de otro? Sea como sea, cuando a Alex le aplican la terapia en “La naranja mecánica” nos llegamos a solidarizar por el e incluso sentimos lástima, porque no vemos a un ser humano con capacidad de decisión y elección, sino a alguien que ha sido coaccionado, chocando con la idea de libertad de las sociedades occidentales. Si a los hombres se les priva de ese derecho (aunque lo usen en perjuicio del resto) se les priva de la facultad de ser humanos.


Y es que durante la infancia, todo lo que los niños perciben en el hogar, quedará profundamente marcado en sus vidas y su influencia durará toda la vida. Por este motivo, los padres deben de ser muy cuidadosos con sus actos, con su conducta, con las muestras de afecto y cariño, con la disciplina y es su deber proporcionarles un clima de comprensión, de afectividad, de respeto, de tolerancia, de humanidad donde cada miembro de la familia pueda expresarse con libertad sin miedo y donde el niño pueda sentir que su hogar es un refugio.

Entonces llegamos a uno de los grandes problemas en la forma de educación de los padres hacia sus hijos, que es el estilo educativo autoritario: los padres estiman aquí que la educación ha de fundamentarse en el estricto cumplimiento de normas inmutables. Los niños son vistos como sujetos pasivos, no pueden razonar o pensar sobre las normas, dichas normas están fuera de toda crítica. Los puntos de vista de los niños no se tienen en cuenta o se infravaloran, según los padres les falta capacidad y experiencia, las pautas de comportamiento son impuestas y la respuestas a su desacato el castigo. Como un dictador, el padre se cree dueño de su hijo y dicta e impone sus normas sin dar explicación lógica, suprimiendo el pensamiento del niño, sea este más o menos acertado. Entonces el niño se convierte en una “naranja mecánica” privada del libre albedrío.

Siendo indiscutible la necesaria labor de los padres en la educación de sus hijos, en su formación como persona, y siendo también importante la libertad de pensamiento de un hijo, ¿son estos compatibles? ¿Cuáles son los límites entre uno y otro? Son compatibles, porque yo soy libre, porque yo soy moral. Queda en manos de los padres hacer de sus hijos seres pensantes o naranjas mecánicas.

lunes, 7 de septiembre de 2015

"Scarface" o la tapadera de un escándalo

Esta fría y húmeda tarde de marginal y agonizante verano me trajo consigo el visionado de una perla del cine negro, Scarface. Dirigida por Brian de Palma y protagonizada por un estelar Al Pacino, esta película nos muestra la cara que no nos enseñan los reportajes o los telediarios de la mafia, ese universo interno y sórdido de los grandes mafiosos, que lo tienen todo excepto lo más importante, el cariño de quien daría su vida por ellos.
Efectivamente, Tony Montana, nuestro entrañable mafioso encarnado por Pacino, pasa penurias en su ascenso a la cima del narcotráfico. Comienza como un refugiado político del régimen de Castro en EEUU, y en poco tiempo se codea con los grandes padrinos de la ciudad de Miami, con los cuales no tiene clemencia. Despiadadamente, hace cualquier cosa para alcanzar su sueño: poseer millones de dólares, mujeres, cocaína y champán. Todo pinta de lujo en la primera mitad del filme, cuando Montana consigue controlar todo el ciclo de la cocaína: desde su cultivo hasta su venta a particulares, todo es una tela de araña tejida por el poder de Tony. Sin embargo, este mundo ficticio se empieza a desmoronar. Montana no está a gusto con su situación, tiene todo aquello con lo que solo pudo soñar en la cárcel de Cuba, y no está satisfecho. Cobra sentido aquí el celebérrimo refrán que hemos oído desde niños: "No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita", aunque yo prefiero la versión de Homer Simpson, metafórica y con su típico toque de humor absurdo: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar, Marge, un dinosaurio". Desde aquí lanzo una oda a la gran sabiduría de Homer y que, ante prácticamente todos, pasa inadvertida.

Supongo que la mayoría de los espectadores de esta gran obra audiovisual habrán entendido como moraleja este refrán antes referido, mas yo prefiero quedarme con una reflexión de Montana en su piscina, y cito textualmente: "Son los tipos como este, y comos los banqueros, y los políticos, los que quieren que la cosa (el narcotráfico) sea ilegal. Así pueden ganar un buen dinero unos y un montón de votos los otros. Luchan contra los malos. Ellos son los malos". 
Personalmente me parece una reflexión simplemente brutal. Y es que Tony lleva toda la razón. El narcotráfico es ilegal debido a los problemas que ocasionan las drogas en las personas que las consumen, pero al fin y al cabo son los propios consumidores quienes eligen sufrir estos perjuicios. Pero, ¿y los ciudadanos de a pie? ¿Y todos los que tenemos que padecer el irrisorio circo de banqueros, políticos y demás fauna? Nosotros no elegimos sufrir este esperpento en el que es legal desahuciar a una familia que no puede pagar la hipoteca un mes y pasa inadvertida ante la justicia la sangría de dinero público que se queda en los bancos de los paraísos fiscales. Un teatro escrito por la más infausta injusticia que permite que los políticos mientan en sus campañas electorales y engañen al electorado y, además, coarten el derecho a manifestarnos para poder ellos elegir qué manifestación tiene lugar y en qué lugar. Sinceramente, la mafia que debería ser ilegal es la que Montana refiere, la mafia que ante nuestros ojos opera, la mafia de los banqueros y los políticos.

Y no, esto no es todo. ¿Y los medios de comunicación, que nos lavan el cerebro y nos convierten en zombies y borregos, animales que obedecemos a rajatabla las doctrinas que nos imponen para así perpetuar esta comedia sin fin, esta derrota eterna, esta humillación sin final? ¿Es legítimo impedir que una persona se suicide con cada gramo de coca y permitir que todos seamos asesinados con cada minuto de visionado de la televisión? Esta, amigos, es la verdadera muerte, la pérdida de nuestra condición humana, la caída a la mediocridad. 

Esta película me ha abierto nuevos horizontes en un tema que yo creía que había explorado hasta la saciedad. No son las mafias del narcotráfico y los asesinatos por ajuste de cuentas el verdadero enemigo, ni mucho menos. No son más que una cortina de humo que los caciques postran ante nuestros ojos para hacernos creer que la lucha es del bien contra el mal, pero lo que no sabemos es que quien se disfraza de bien es el verdadero mal, y a quienes hacen pasar por mal no son más que más víctimas del sistema que estos sinvergüenzas nos han impuesto desde arriba y que es imposible de revocar. El Gran Hermano nos observa, nos ciega, y nos controla, recordémoslo siempre.

lunes, 31 de agosto de 2015

Pesadilla en Hollywood Street: la intoxicación del cine de terror




30 de agosto de 2015, fallece el mítico director de cine de terror Wes Craven, creador de cintas tan famosas como “Scream”, “Las colinas tienen ojos”, “La última casa a la izquierda” y, sobre todo, “Pesadilla en Elm Street”. Un día más tarde me excuso de su muerte para compartir una reflexión sobre el cine de terror y su enfoque actual.

Como punto de partida he de reconocer que el cine de terror, hasta hace bien poco, no me atraía lo más mínimo, de hecho rajaba de él siempre que tenía oportunidad, veía ridículo el hecho de pasar casi dos horas delante de una pantalla visualizando un esperpento irracional que, para causar miedo, recurre al susto fácil y a la magia de los efectos especiales, olvidándose completamente de la coherencia de la historia y de aspectos tan importantes en el cine como el guión o la dirección. No obstante, con el paso del tiempo me animé a ver cine de terror y recurrí para ello a ciertos clásicos del género. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando ese mencionado esperpento se convirtió en un cúmulo de emociones y de recursos! Y es que estaba equivocado, no era el cine de terror lo que me desagradaba, sino el enfoque que se le da al mismo en la actualidad.

El camino al fracaso comienza cuando una película sustituye la angustia que debe causársele al espectador por el “susto inesperado”, dicho “recurso” consigue el objetivo de levantar al espectador un par de veces de su asiento durante el transcurso de la película… y ya está. ¿Es esa la finalidad del cine de terror? ¡Pues claro que no! El terror es algo más. Una buena película de terror debe reflejar angustia, debe asustar, debe hacer que el espectador se plantee la posibilidad de que algo así le ocurra. ¡Admitámoslo! Las películas de terror están creadas para producir algún tipo de trauma en los espectadores: no poder dormir por la noche, temer caminar por una calle vacía, mirar de reojo al hombre sospechoso que nos sigue, evitar entrar en siniestros trasteros al anochecer, etc.

El cine de terror debe ser también un espacio anárquico donde  romperse las reglas sociales, donde se violan los espacios sagrados, se tocan los tabúes y se insultan las buenas costumbres, de acuerdo, pero nunca ello debe suponer obstáculo a la congruencia de la historia ni una frontera para mostrar humanidad, y es que el cine es más que entretenimiento, es un cúmulo de emociones que salpican al espectador durante su contemplación por el mismo, y como cúmulo de emociones que es, no se debe renunciar nunca a alguna de ellas. Chocamos pues con otro de los grandes problemas del cine de terror actual, y es el encasillamiento del mismo, es decir, parece que una película de terror únicamente puede producir miedo, renunciando al drama, comedia (Wes Craven y Freddy Krueger dejaron claro que no son completamente incompatibles ambos géneros), y filosofía, reduciéndose, en la mayoría de ocasiones en una empachosa mezcla con ciencia-ficción en forma de tediosa sobrenaturalidad, o con suspense, que casi siempre conduce en saber quién es el asesino, en quien morirá primero…

En efecto, otro de los grandes problemas del cine de terror actual es la monotonía del mismo, la falta de innovación en el género. Y lo digo no refiriéndome al arquetipo tradicional: grupo de jóvenes/adultos que se encuentran amenazados por un asesino en serie o por una fuerza sobrenatural y cuyas muertes se van sucediendo a lo largo del filme, ya que imprescindibles piezas del cine de terror tales como “La noche de Halloween” o “La cosa: el enigma de otro mundo” de John Carpenter, o la mencionada “Pesadilla en Elm Street” de Wes Craven  responden a ese esquema, sino al modo en el que se infunde la angustia al espectador. Es de destacar que, por ejemplo, en “La noche de Halloween” John Carpenter recurre a la idealización de un  ente, muestra al personaje de Michael Myers envuelto siempre en un halo de misterio que mejora notablemente la calidad de la obra. Podría decirse que es esa dicotomía entre el “mostrar” y el “sugerir”, y es que como transcribía Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”:Lo más banal resulta delicioso con sólo esconderlo. Para quienes no lo entiendan, la diferencia entre enseñar y sugerir es como aquella diferencia existente entre la pornografía y el erotismo.

Tampoco es imposible realizar una película de terror valiéndose de los principales recursos que, se supone, debe utilizar un buen director de cine, de hecho es preferible que una película (sea del género que sea)  contenga riqueza de planos y una brillante utilización de la luz y el sonido acompañando la cinta. Precisamente estos recursos (junto con un carismático personaje interpretado por el extravagante Jack Nicholson) convierten a “El Resplandor” (¡Como olvidar el uso del plano-secuencia en la escena del niño con el triciclo!) en una obra inmortal capaz de envejecer perfectamente en el mundo del cine.


Pero, ¿por qué maldita razón los creadores del nuevo cine de terror se empeñan en hacer tan tediosas películas? ¿Falta de esfuerzo? Quizá el problema no sea la falta de esfuerzo, sino la focalización del mismo, que va dirigido a hacer un tráiler que suscite la curiosidad en el espectador con independencia de la morralla con la que el mismo se pueda encontrar posteriormente. Verdaderamente, el cine actual va dirigido a ser “taquillero”, es decir, producir dinero, sin más. Ha sido un proceso paulatino que ha culminado con la conversión de lo que era principalmente un arte en una máquina de hacer dinero. Cosas de Hollywood.

Y con esto no quiero decir que el 95% de las cintas de terror actuales sean malas, con esto quiero decir que el 98% de las películas de terror de hoy son una puta mierda. Lógicamente, tampoco quise decir que todas las películas de terror antiguas fueran joyas del cine.

No obstante, no pierdo la esperanza de encontrarme con directores de cine de terror que sean, de verdad, directores de cine de terror y que me ofrezcan una buena película, algo más que la reproducción de un video que apenas consiga levantarme un par de veces de mi asiento, o que sirva para algo más que para meter mano. Mientras tanto, seguiré realizando viajes en el tiempo para disfrutar de los grandes clásicos del terror.

domingo, 30 de agosto de 2015

Whiplash o la psicosis estudiantil


Como estudiante de música que soy, tanto en el conservatorio como en las diferentes agrupaciones musicales en las que participo, había una película de la que todo el mundo hablaba y de la cual yo no tenía ni la más remota idea de su existencia, creando en mí una tremenda curiosidad. Esta película se llama Whiplash, y ayer, al fin, me digné a visualizarla.


Mi intención no es hacer una crítica de cine, pero, para quién no lo sepa, diré brevemente el argumento en cuestión: Un talentoso batería llega a la mejor escuela de jazz de Estados Unidos y entra a la big band de un profesor caracterizado por su extrema crueldad con los alumnos con tal de que estos rindan al máximo nivel, llegando incluso a la agresión física, llevando al protagonista a estudiar y practicar hasta llenar la batería de sangre, literalmente. Qué maquiavélico, ¿no?

La verdad es que el documento cinematográfico me dejó buen sabor de boca, y además, al ver las brutales escenas en las que el profesor agredía al batería y en las que este último ensayaba hasta, como ya he mencionado antes, sangrar y dejar a la batería digna de un campo de batalla y no de una sala de estudio; pude ver que esa “psicosis”, ya sea por los brutales métodos pedagógicos del profesor o la inquebrantable obsesión del alumno por ser un grande del jazz a la altura de Buddy Rich, que abunda en la película, es la misma psicosis que lleva haciéndose eco de presencia en los centros educativos españoles, ya sean conservatorios o institutos, y que, conforme pasa el tiempo, está echando en estos raíces cada vez más sólidas.

En este año académico que ya ha finalizado, tuve el placer (o el desagrado, depende de cómo se mire) de estudiar el primer curso de Bachillerato en la modalidad de ciencias tecnológicas y tercer curso de enseñanzas profesionales de música. Y fue justo en este año el momento en que me di cuenta de esta psicosis generalizada y de la cual aquellos que no la padecen, no son sino “víctimas” de ese trastorno, fruto de la decadencia de los valores morales y éticos de mi generación como consecuencia del pensamiento calculador y cientificista, el sueño de poder lograr un número de riquezas inconmensurable y dormir en un yate mientras dos modelos rusas me abanican, los medios de comunicación o qué sé yo.

Siempre se ha considerado la educación (o eso creo yo, quizás no sea más que un iluso con un concepto pseudohumanista de esta) como un medio para formar personas, darles unos conocimientos de cara a estudiar una formación superior, pero sobre todo, crear “espíritus críticos”, seres con capacidad de juicio y opinión, capaces de opinar sobre cualquier tema como política o cine aunque lo que hayan estudiado sea matemáticas puras y de no estar sometidos al engaño, saber diferenciar al político honesto que gobernaría para el pueblo y el que gobernaría para las empresas, aquel que es demagogo y el que no lo es; entes con libre albedrío que serán capaces de llevar sus vidas hacia un futuro mejor, un mundo mejor y hacia una existencia plena. Pero esto, amigos míos, no es así.

Pienso que tengo más razón para opinar que otros, ya que como estudiante vivo esta situación día a día, y todavía considero que no me he visto contagiado por el fenómeno que menciono antes. Y es que todo este curso, he tenido que convivir con personas cuya única aspiración en un futuro cercano es sacar más de un 13 en selectividad. No estoy diciendo que haya que suspender a propósito o que haya que irse a vivir al monte y hacerse pastor, no me malinterpreten, yo soy el primero que intentará sacar lo máximo posible en selectividad, pero… ¿Dónde queda la formación moral y ética? ¿Adónde queda el espíritu crítico y escéptico contra todo? ¿Dónde queda todo aquello por lo que Occidente ha luchado y ha desarrollado: la literatura, la democracia…? En fin, hasta este punto, y con bastante sesgo personal, podría tolerarlo y respetarlo, pero el problema es cuando todo esto se convierte en psicosis y un aula estudiantil no parece eso, sino una sala para psicópatas. Apenas se tiene la consideración de (y hablo porque lo he vivido) no intentar torcer y desmoralizar (sobre todo desde el punto de vista psicológico, nunca llegando a una agresión física) a compañeros que son visto como “rivales” y “competencia”, la envidia y el odio está a la orden del día. Eso de estudiar para superarse a sí mismo, el de estudiar como medio de formación personal y académica, y como manifestación intrínseca del ser humano por el conocimiento y el ansia de saber es algo completamente desfasado. Ahora la principal motivación de los estudiantes “sobresalientes” es la de sacar ese ansiado 13 en selectividad, estudiar una carrera que ni siquiera les guste solo porque esté bien vista socialmente (y es que en España parece ser que la palabra “Medicina” excita más que los típicos calendarios pornográficos que uno puede encontrar en cualquier ferretería) y escupir metafóricamente sobre el resto de mortales mediocres que no lo han conseguido, aumentar ese ego personal estudiantil cuando es muy posible no acordarse de nada de toda esa bazofia de Nietzsche,  Platón, Azaña o Cervantes que tuvo que estudiar. Pienso que no hay nada peor.

Está claro que hay gente que estudia Medicina por vocación, y llegan a ser grandes médicos y además personas con un gran entendimiento y que verdaderamente son almas críticas. Pero estoy convencido de que la mayoría de los que ahora estudian Medicina o similares son espíritus cuya una ambición es esa: la de estudiarla como medio de narcisismo y egolatría personal, estudiar por postureo. Da igual que tenga vocación o no, simplemente se ha de conseguirlo cueste lo que cueste, duerma tres horas diarias y aunque tenga que hacer todo lo posible por hundir a mi prójimo. Lo único que importa es la reputación social. Y claro, ese alumno que también sacó más de un 12 y se mete a estudiar filosofía porque considera que es su vocación no es más que un loco, una mente desaprovechada. Supongo que no es nada de extrañar que cada vez que tengo que ir al centro de salud o al hospital encuentre más ineptos entre el personal médico. (Quizás alguno de los que tuvieron un mal día en selectividad y en vez de un trece sacaron un once o por culpa de una asignatura que no tenía nada que ver con Medicina hubiesen sido grandes médicos, pero es lo que pasa con un sistema en el que se estudia algo porque tiene mayor nota de corte y no por vocación)

Y esto es consecuencia de un Estado al que no le interesa formar personas y “espíritus críticos”, es fruto de la más triste e infausta tecnocracia que desprecia y vomita sobre todo aquello que nos distingue al ser humano sobre el resto de animales: la filosofía, el arte… No hay nada más peligroso que aquel médico que solo sepa de medicina o aquel ingeniero que solo sepa diseñar motores. Da igual la profesión,  tanto como el médico como el ingeniero son los verdaderos ineptos, son aquellos que mantienen este sistema oxidado que crea bestias y monstruos de la memorización pero que a su vez reduce nuestra capacidad de entendimiento verdadero, la de pensar que algo se podría hacer para mejorar el mundo, la de que existe una solución a los problemas políticos de nuestro país. Pero claro, con  mi trabajo, mi sueldo y la televisión se vive muy bien, ¡para qué vamos a pensar! Qué razón llevaba Ray Bradbury con su descripción de la televisión: “La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco”

Y ya que la película que menciono al principio tiene como temática principal la música, no quiero irme sin hablar de ella. Se hace una exaltación del virtuosismo técnico ante la verdadera expresividad de la música. Ya sea en el jazz o en la música académica (no clásica, pues esta última denominación es solo para la del periodo clásico) podemos encontrar sujetos capaces de tocar millones de notas por segundo, pero no son capaces de expresar una maldita frase musical. Muchas horas de estudio, dedos recalcados, baterías llenas de sangre… todo para olvidar qué es verdaderamente la música. De ahí que instrumentistas que no expresan nada con el Ave María de Schubert ganen concursos con obras contemporáneas que no dicen absolutamente nada, notas que parecen colocadas mediante un proceso azaroso de computadora que ponen los ojos de los jueces como órbitas. A mí, personalmente, me aburren… me aburren y me entristecen… ¿De qué me sirve saber hacer un doble swing con la negra a 300 pulsaciones si no sé tocar una balada de jazz correctamente?

Para terminar, no estoy criticando a aquellos que estudian Medicina, sacan excelentes calificaciones en sus respectivos estudios o estudian horas y horas de su instrumento. Lo que quiero decir es que por mucho que estudiemos para lograr nuestro objetivo o ambición es que no debemos olvidar que somos seres humanos, convivimos con mucha gente como nosotros y que ante todo hemos de ser espíritus críticos, saber qué es lo que pasa a nuestro alrededor y saber diferenciar la verdad del engaño. Resumiendo, ser personas con capacidad de análisis, crítica y de amar; no monstruos calculadores que ni aman, ni sienten, y que están dominados por sus más bajos instintos.

            Quizás el problema no sea que sangremos tocando la batería o estudiando, sino que en verdad sea nuestro interior el que sangre…