El reloj susurraba palabras de amor (o de terror, a veces son el mismo sentimiento). Mi verdugo, mientras afilaba la mirada, hacía un sonido extraño con la lengua; me recordaba que me quedaba poco tiempo. Discutía con alguien, le decía extrañas palabras en alemán, es muss sein, que me recordaron a una obra de Beethoven que mi hacha reproducía en su antigua gramola. Había dado clases de alemán, pero en la cárcel de idiomas jamás me enseñaron qué significa es muss sein, pero sonaba mal, muy mal, o quizá era el propio idioma; el alemán da terror (o amor, no lo sé). Un grifo asesinaba gota a gota el tiempo que por mi celda trascurría, y yo intentaba recordar el significado de la dichosa frase. Quizá el destino evitaría que me acordara de la frase. Quizá debía acordarme para salvarme, pero el destino no lo quiso así. "Tiene que ser así", me decía a mí mismo. El verdugo parecía haber acabado con la mirada, y el grifo dejaba de asesinarme. "¡Tiene que ser así!", grité asustado.
El verdugo jamás me mató.
Escribimos artículos de calidad, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía...
sábado, 23 de julio de 2016
martes, 28 de junio de 2016
Visiones perplejas
Simplemente estás ante una reflexión personal, no ante un intento hipócrita de dar pena. Te
aviso de que si intuyes lo contrario puedes masturbarte en lugar de perder
tiempo de tu vida en leer lo que viene a continuación. Aunque no lo parezca a
simple vista, definitivamente puedo decir que he sobrepasado el límite de lo
racional y la ambición me ha comido a mí mismo.
Hoy,
día 28 de Junio de 2016, tras pasar dos días de las elecciones generales
españolas donde el Partido Popular ha vuelto a llevarse la victoria, puedo
decir que no me encuentro conforme. No es precisamente por el resultado político,
con el que obviamente tampoco estoy de acuerdo (por detallar información), sino
porque al levantarme he recordado lo duros y ambiguos que han sido mis últimos
dos años, en los cuáles he sufrido problemas de diversas índoles. No me
encuentro conforme con lo vivido en estos dos últimos años porque he estado
“ciego”, sí. Al igual que los grandes líderes de los partidos políticos y de
las diversas corrientes que pasan a lo largo de la historia, ha llegado el
momento de recapacitar, pues cuando se sale de una mala racha es cuando se ve
si realmente vales o no, y si en un futuro cercano sabrás qué es lo mejor para
ti anteponiendo la razón al sentimiento.
El
primero de dichos dos años estuvo caracterizado por el fracaso académico. Yo
era alumno de nuevo ingreso en un grado de ciencias al que entraba con mucha
ilusión y muchas expectativas. Entonces digamos que “estaba en las nubes”, todo
era perfecto, estudiaría lo que me gustaba para trabajar en ello en un futuro y
dedicar mi vida a la investigación en dicha rama. Pero no todo fue tan bonito
como pensaba, pues conforme avanzaban los meses vi que no me sentía definido
con dichos estudios. Uno
puede pensar que es una tontería, que no pasa nada por equivocarte, que le pasa
a mucha gente, que al siguiente año te cambias fácil a otra cosa y todo
solucionado, pero no, no es exactamente así. Para empezar, yo soy de esas
personas que no pueden tragarse y “vomitar” contenido si no sienten un interés
mínimo por él, y también soy de los que no comprenden cómo otros dejan pasar su
vida sin hacer nada, o simplemente condicionan sus elecciones a lo largo de su
vida según lo que haga la mayoría, la llamada manada Ver cómo pasaban los días
y no era capaz de estudiar lo necesario no era muy agradable, la verdad, pero
lo peor no era eso, sino el ir a clase y sentir que no estabas, que hacías la
misma función que una silla vacía, absolutamente nada, que en las prácticas
registrabas las explicaciones del profesor porque sí, para simplemente no
sentirte mal contigo mismo cuando sabías que lo mismo daba tomarlas que no
debido a tu nulo interés. Tu generación avanzaba, tus amigos tenían
dificultades pero finalmente se sacaban las asignaturas y terminaban más o
menos contentos, llegaban las vacaciones de Navidad o Semana Santa y lo único
que celebraba no era tener días libres para descansar, sino dejar de sentirme
inútil por un tiempo yéndome con mis amigos a hacer algo, lo que fuese, no
importaba el qué, y menos aún el dónde, pues con tener seguro que el cuándo
fuese ahora me era suficiente.
La
sensación de estancamiento que fui soportando día tras día, semana tras semana,
mes tras mes, para nada fue intensa desde un principio. Digamos que fui sumando
niveles conforme avanzaba el tiempo, pasando de una agradable introducción a un
complicado desarrollo y a un arrollador final. El apoyo familiar y sentimental
que tenía en esos momentos para mí era muy importantes. Aunque no consiguiesen
quitarme las penas, la llegada del fin de semana era algo maravilloso. Además,
en dicho año también me saqué el curso de árbitro de fútbol sala, el deporte al
que siempre he jugado, y aunque parezca mentira para mí era una forma de
completar mi tiempo libre, de desconectar en una rutina plagada de insatisfacción, pues disfrutaba sabiendo
lo que iba a conseguir (un trabajo en los fines de semana para sacar algo de
dinero de este país de mierda donde mi padre se tiene que recorrer España para
conseguir un trabajo pagado de aquella manera).
Terminó
el fracasado año académico y me sentí liberado, más al conseguir aunque fuese
con notas mediocres que no me quitasen la beca dada y poder pagarme el
siguiente año de estudios (debido al cutre sistema becario actual que quiere
justificar las altas tasas que hay que pagar en la universidad), el que he
acabado recientemente. A partir de Marzo, tras un brote de desesperación frente
a los continuos ánimos de mis abuelos en una cena familiar típica para seguir,
tuve claro que debía salirme y comenzar mi carrera profesional en otra parte,
investigando entonces tanto módulos superiores como grados universitarios uno a
uno para no volver a caer en el mismo error. Que me gustase era lo principal,
claro está, pero todos sabemos bien que lo económico prevalece sobre lo demás
en una sociedad capitalista y que no podría soportar repetir la misma
situación.
Llegó
el verano y me esperaba lo mejor: volver a sentirme bien como lo fui al acabar
selectividad. Pero no iba a ser tan fácil, pues en ese verano pude presenciar
la ruptura de mi grupo cercano de amigos. Poco a poco fui viendo cómo un grupo
de colegas formado por personas distintas pero complementarias se fue desintegrando,
mayoritariamente por las críticas de un pequeño sector, además de por la falta
de actividad y pasotismo de otro, el cual no tuvo en cuenta ni dio importancia
a la situación durante una gran cantidad de tiempo. Entonces me planteé cómo
solucionar lo que estaba pasando, intentándolo de cualquier modo pero
inevitablemente viendo que todo iba a acabar mal. La solución por lo tanto fue
aislarse y formar un grupo de menor número pero más unido. Acababa el verano y en
su mayoría había sido otro fracaso más.
Por
ese tiempo yo ya había entrado al grado que había considerado oportuno tras
informarme bien de todo, con la ayuda de algunos conocidos. Había pasado por
dos fracasos en dos ámbitos diferentes: el académico-profesional y el de la
amistad. No obstante, me sentía recuperado porque todos sabemos que cuando algo
cambia debe de ser para mejor. Entramos entonces en este último año, donde
académicamente ha ido de lujo y donde he logrado forjar un buen grupo de amigos
nuevos, o más bien dicho dos grupos de amigos (cada uno de su rollo pero
igualmente efectivos y agradecidos). ¿Qué podría pasarme entonces? Si había
logrado solucionar mis problemas anteriores, ¿ya nada podría darme un bajón tal
y como experimenté tiempo atrás, no? No, no estaba en lo cierto. Cuando menos
te lo esperas pierdes lo que más unido tenías en ese momento, y no me refiero a
mi familia, que por supuesto es el pilar fundamental de mi vida y me alegro
muchísimo de que esté estable y feliz, sino a la relación sentimental que había
tenido hasta ese momento, comenzada justo cuando mi calidad de vida fue a peor.
Con esto no quiero decir que con dicha persona estuviese peor, sino que dio la
casualidad en el tiempo y debido a ello adquirió un plus de valor al ser un
método de escape de mis malas sensaciones con el día a día. Otra vez en el mes
de Marzo se había torcido mi vida.
Pese
a todo, y como he mencionado al comienzo, aunque no lo parezca a simple vista,
definitivamente puedo decir que he sobrepasado el límite de lo racional y la
ambición me ha comido a mí mismo, me repito en el error. Esta es la frase con
la que hoy me he levantado, pues creo que he conseguido saber qué es lo que me
ha pasado. Todos los FRACASOS tienen algo en común, y no es más que la
dificultad que he tenido para superarlos. Durante mucho tiempo he intentado
encontrar la causa y razón de cada uno de ellos en la otra parte del problema,
la que no depende de mí, la cual es imposible de solucionar por esto último.
Este ha sido mi error, al igual que el error con el que he comenzado la
reflexión del partido político ganador, y no es más que querer que los demás
hagan lo que tú crees correcto, cuando por muy maduro o sabio que seas nunca
conseguirás formular palabras ni llevar a cabo actos por parte de otra persona
que no seas más que tú mismo.
Hoy
puedo decir que basta ya, que ya me he cansado de perder el tiempo. Basta de
llorar dos o tres veces a la semana por un sistema mal organizado donde los
profesores de la universidad generalmente no tienen más ambición que la de dar
su clase e irse rápidamente a la cantina a tomarse algo, contando los días que
quedan para terminar el mes o que lleguen las vacaciones, menospreciando a sus
alumnos y a la par su ilusión por aprender. Basta ya de darle tanta importancia
al éxito académico numérico y a las universidades idolatradas donde si no pagas
tu tasa y llevas vida universitaria te quedas atrás en el ritmo de vida al que
estamos acostumbrados los jóvenes de hoy en día, lo popularmente conocido.
Basta ya de intentar solucionar los problemas de otros, queriendo llegar a
acuerdos con las espinas creadas para mantener una amistad grupal fuerte,
viendo cómo al final todo se derrumba porque la base está mal construida no por
la falta de material, sino porque otros se esmeran en destruirla mientras tú te
arrastras para intentar salvar el edificio. Y por último basta ya, para
terminar, de estar ciego, de ser tan bueno con los demás, con las llamadas
“personas especiales” aunque no te lo demuestren del todo debido al dejarse
llevar por lo que sientes que se traducen nada más que en torturas mentales
diarias e impedimento del disfrute del presente. Por mi parte, insisto,
intentaré formarme en lo que considere necesario y útil para mi vida, pasando
de la ambición por ser algo en la vida al disfrute del día a día con lo que
hago, y también haré (no intentaré esta vez) que quien tenga un mínimo interés
por mí lo muestre con los detalles que marcan la diferencia, no refugiándome en
esos falsos mitos que nos inculcan desde que somos pequeños.
Podría
comparar esta situación fácilmente con la actual democracia española, donde
solamente el título, la fachada, nos hace creer que es perfecta, que todo lo
que se lleva a cabo está bien hecho porque tiene una bonita portada y una
caligrafía estupenda. Pero no, no es así, ya que se sabe si las cosas son
buenas y merece la pena luchar por ellas cuando las conoces desde dentro, tanto
en cualquier sistema como en cualquier persona. Esa es la lección, la moraleja
que he sacado en estos dos años que potencialmente me han cambiado, espero que
a mejor. Ahora toca disfrutar del camino a nuevas ilusiones, nuevos objetivos y
nuevas metas, pero con las experiencias anteriores bien aprendidas para no
fracasar otra vez y conseguir lo que más me ha fallado hasta ahora y hubo un
tiempo que perdí, la seguridad en mí mismo, eje de todo lo que hago.
Como
conclusión, quiero dedicar la reflexión que he hecho a una amplia variedad de
personas que pese a lo que me ha ido ocurriendo me han demostrado que merecen
la pena tanto con palabras como con actos, pasando de un segundo plano a un
primer plano, y también manifiesto mi descontento con aquellas que han ido de
manera inversa. Cualquier conocido que lea esto sabrá qué lugar ocupa. Hago
especial mención al lugar que ocupa mi gran amigo José Antonio Manda. No solo
tú me has dado razones para confiar en alguien, pero sí eres el único que ha
logrado comprenderme, apoyarme y ayudarme en la medida en la que has podido en
los diferentes episodios que me han ido ocurriendo a lo largo de mi vida desde
que nos conocemos. Te deseo lo mejor en tu vida, aquí estoy tanto para las
buenas como para las malas.
martes, 19 de abril de 2016
SERES MOVIDOS POR IMPULSOS
Todos,
o casi todos, hemos experimentado alguna vez ese sentimiento de afecto hacia
una persona ajena o no a nuestro día a día. Son muchas las formas de
encontrarnos con alguien que nos atraiga, ya sea por medio de trabajo, de
estudio, o simplemente por mera coincidencia en un sitio concreto en el momento
exacto de nuestra vida. No
vengo a hablar de cómo hay que enamorarse (si bien se debería definir así al
sentimiento de deseo sexual hacia otra persona, el cual no lo veo rentable para
un diccionario), sino que me dispongo a que reflexione conmigo sobre cómo ha de
llevarse una relación con una persona subjetivamente especial, lo cual es muy
complejo y depende mucho de cómo sea cada uno. Tenga en cuenta que es una
opinión personal como cualquier otra y puede estar sujeta a malas
interpretaciones y errores. Allá vamos.
Digamos
pues que en lugar de enamoramiento lo que surge es una atracción intensa
simplemente, o progresiva según el caso dado. Es obvio que en los primeros
contactos nuestro pensamiento gira en torno a esa otra persona, lo cual no es
nada “sano” digamos. No obstante, esto es inevitable si realmente te gusta.
Somos seres razonables dominados por los sentimientos al fin y al cabo, y eso
nos lleva a tender hacia el pecado (o a lo inmoral para los cabezones de la
religión y la lengua) en muchas ocasiones. La diferencia entre cada relación y
entre cada ser humano al fin y al cabo reside en cómo progresa en su mente dicha relación cuando ya se ha superado esa primera fase de noviazgo tan novedosa
como a la par intensa. Todos
conocemos el típico caso de la pareja pegajosa, no nos hagamos los tontos. Si
no lo conoces deberías salir más de casa y conocer a más gente. Esa pareja que
deja a sus amigos de lado fingiendo un sentimiento de compensación basado en la
mentira, queriendo unir en una persona a dos personas con vidas totalmente
independientes que por mucho que se peguen no se van a unir. Sí, las parejas
que se chupan entre ellas, las parejas que se quitan más vida de la que se dan,
que quieren vivir sumergidos en una mentira intermitente el resto de su vida
(aparentemente). Mi opinión es que esas relaciones están orientadas al fracaso ya sea en poco o en
mucho tiempo, pues un ser humano como primer fin debe buscar la mejora de su
naturaleza, su riqueza como persona, y el proporcionarle a otra persona un
control injusto sobre ti no es viable. Está claro que con esto no quiero decir
que querer a otra persona sea malo, o sea un sentimiento negativo, no tenemos
que confundir lo que estoy describiendo con las parejas que han conseguido un
grado de conexión tan extraordinario que se completan la vida uno al otro.
Totalmente al contrario, es buenísimo, pero como todo, es favorable hasta
cierto punto. En el término medio está la virtud, como diría Aristóteles.
Otro
caso frecuente es la relación de pareja puramente atractiva basada simplemente
en desfogarse de la rutina cuando se ven. En este caso estamos hablando de un
error mucho más grave que en el caso anterior. Si nos viésemos sumergidos en
una relación de este calibre, solamente bastaría con pararnos a pensar un
momento para ver cómo estamos usando a la otra persona como si fuese un
utensilio, como un objeto más al que tenemos fácil acceso, olvidándonos por un
momento de que los objetos siempre están ahí pero las personas no, las personas
se acercan y se alejan constantemente de nuestra vida. Muchas personas ven este
caso como algo normal, como algo moderno, como algo a lo que hay derecho porque
todos somos libres y conscientes de lo que hacemos. No, señor/a, a lo que yo me
refiero es a la despreocupación que significa una relación así, pues no
olvidemos que no estamos hablando del popular término “follamigos”, sino que
nos ponemos en la situación de dos personas que “quieren quererse” a través de
una portada puramente física. Claramente se preocupan por ellos, pero no por su
relación sino por la visión que tiene el resto de la gente por susodicha. Pero
bueno, las personas que suelen caer en este error están acostumbradas. Total,
se pasan así toda su vida normalmente. Yo
estoy completamente a favor de intentar una relación con cualquier persona
porque para ti está bueno/a, en eso no hay problema, pues la primera impresión
siempre es 100% física, y quien diga lo contrario miente ya que somos animales
al fin y al cabo. Pero cuando entramos en el llamémoslo segundo nivel es donde
confirmamos si realmente sentimos atracción por esa persona, conociendo su
personalidad y su forma de ser. Son muchas las relaciones que perduran gracias
a esto. Al fin y al cabo, un pene acaba cayendo, unas tetas acaban caídas, los
culos empeoran, la cara envejece, y lo más importante es que nosotros no
queremos pasar el resto de nuestra vida con alguien a quien detestamos ver. La
esencia está en la conexión mental, cuando solamente con mirar al otro tenemos
claro que los dos nos valoramos mutuamente, pues cuando una persona da más en
la relación que su pareja nos enfrentamos ante un problema común muy palpable
orientado a la confusión y al error, salvo en contadas ocasiones donde todo se
arregla. Sin
embargo, no preocuparse por cómo concebir una relación y malinterpretarla para
usar a la otra persona como medio para conseguir un fin de placer, a largo
plazo nos va a perjudicar. Somos seres que nos movemos por costumbres, por valores
morales (siempre tendremos excepciones, está claro, pero hablo de forma
general), por caprichos. Una relación comienza siendo un capricho, pues estarás
de acuerdo conmigo con que catalogarlo de necesidad sería algo aberrante. Pero
cuando ese capricho se convierte en costumbre es cuando algo falla, cuando algo
lo estamos haciendo mal. Con esto pasamos así al tercer caso, el de las
personas que necesitan una relación, que dicen o aparentan no poder estar
solas.
Nuestro
tercer caso es el que más me aterroriza, pues influye y empeora casi siempre la
vida de cualquier ser pensante. Las personas, ya sean chicos o chicas,
independientemente del sexo, de la edad, o de la etnia, que sienten la
necesidad de tener una relación presente en su día a día son las que pecan a la
misma vez de costumbre y de capricho, pero en este caso de una peor forma, pues
se hace sin un pensamiento razonable previo. Cuando salimos a la calle vemos de
vez en cuando a la típica persona de muy buen ver con el que nos daríamos un
revolcón si se diese el caso y nadie lo supiese, hablando desde el instinto
animal. Es tarea de nuestro cerebro darse cuenta de que tenemos algo que nos
diferencia de los animales, que es la capacidad de reflexión y síntesis sobre
cualquier cosa, sea en el caso que sea. Tenemos que saber lo que nos merece la
pena y lo que no. Si
todos nos guiásemos por sentimientos abstractos y por instintos, nuestra
sociedad sería muy mecánica al estilo del libro “Un mundo feliz” de Aldous
Huxley, donde no hay ningún problema en tener una relación por probar, aunque a
priori creas que no te va a gustar, e incluso se vea mal el no aceptar esta
situación.
Con
todo esto quiero llegar a la siguiente conclusión: para poder conocer a una
persona primero debemos comenzar por conocernos a nosotros mismos. ¿Qué soy?
¿Cómo soy? ¿Qué quiero hacer con mi vida? ¿En qué podría ser de gran utilidad?
¿Estoy haciendo lo correcto? Después nos podríamos empezar a plantear un
conocimiento profundo del prójimo. Estamos ante un problema muy grave: infinidad
de personas buscan completarse conviviendo con una persona que complemente con
él o ella, incentivando a su vez y prejuzgando una manera de ser de otra
persona que debe de coincidir con lo que yo pienso que debe ser. Necesitamos
valorar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos. Necesitamos amar lo que
hacemos y dejarse de tanto amar a otros solamente. Tenemos que amarnos a
nosotros mismos para poder amar a los demás, pues si no tenderemos a caer en el
caso de la pareja pegajosa que se necesita constantemente para poder sentirse
definidos en este mundo, ya que por separado siempre les va a faltar algo. Falta
gente que valore lo que hace, que ame lo que hace, lo que dice, lo que piensa,
y que esté orgulloso de ello. Hay que acabar con la “raza” que se ha creado en
el siglo XXI del personaje en busca de la relación perfecta, el trabajo
perfecto, con la familia perfecta. ¡Es imposible y no nos queremos dar cuenta!
¡Lo único que se puede intentar perfeccionar es a uno mismo, y aun así no se
consigue tan fácil! Voy a terminar animando a los que han leído este artículo-reflexión
a que nunca se encierren en un pensamiento, a que duden de lo que les gusta,
que duden de su sexualidad, de sus costumbres, de su trabajo, de su familia,
pues no siempre lo que hace la mayoría es lo correcto, y ni mucho menos hay que
dejar que cuando muchas personas dicen una mentira esta se convierta en una
verdad. Nacemos prejuzgados por la sociedad que nos rodea, la cual siempre nos
quiere limitar a lo largo de nuestra vida. Ser diferente está mal visto, ser
distinto a mucha gente le da asco. No tenemos por qué aguantar a una persona a
lo largo del tiempo si esta no se merece nuestro cuidado, y por lo tanto para
evitar esta confusión no debemos de seleccionar por seleccionar a nadie para
confrontar una relación sentimental, ni tampoco cerrar nuestras puertas a nada.
Disculpen
la trascendencia que ha tenido mi escrito, pasando del tema del amor a una
temática más general abarcando trabajo, familia, salud, amigos, etc. Solo
quería poner el amor de excusa para entrar en puntos más importantes le pese a
quien le pese, que siempre serán la definición de uno mismo y la búsqueda de la
felicidad individual, por muy sociales que seamos. Amen lo que hacen, y elijan bien a quién y cómo amar… ♥
viernes, 26 de febrero de 2016
El cúmulo de la idiotez
Hoy, mientras me disponía a comer, hice un pequeño tour por los canales televisivos para decidir qué emisión nos acompañaría a mí y a mi familia durante la ancestral reunión. Normalmente, el elegido es Antena 3, debido a que, coincidiendo con la susodicha asamblea, en esta cadena se suele emitir la celebérrima serie de dibujos animados (pero no por ello para niños, tamaño error pensarlo) "Los Simpsons", la cual admiro por su acertado análisis que de la sociedad realiza, tocando todos los palos sensibles de sátira: política, economía, costumbres, religión... Una serie de dibujos para mayores que podemos aprovechar, como decía Nietzsche, para dejar aflorar al niño que llevamos dentro y acercarnos un poco más al Übermensch. Analogías a parte, que me desvían del tema principal, como decía, me disponía a situar el televisor en el número 3, que es donde usualmente suelo encontrar el canal anteriormente mencionado, donde usualmente se suele emitir la serie anteriormente mencionada. Una vez allí, me he encontrado con algo cuanto menos inusual. El juicio a Iñaki Urdangarín, la infanta Cristina y demás fauna está siendo emitido en riguroso directo para que el espectador no se pierda ni una coma de la declaración del cuñado del ciudadano Felipe, como un buen político dijo no hace mucho. La costumbre seriéfila que mi familia manifiesta cada mediodía a eso de las 14.00 rara vez se ve interrumpida, acaso por el deporte de motor, Fórmula 1 coloquialmente dicho, pero, dado que tal acontecimiento deportivo ya no es emitido en esta cadena y, además, a día de hoy no ha empezado la temporada, mi estimación era que el momento de la comida sería ilustrado por esta serie de culto. "Vaya, por fin se hace justicia", piensan unos, poco críticos al parecer. "Caray, debe ser gordo lo que este señor ha hecho para montar tanto revuelo mediático", reflexionan otros, más cercanos al análisis que yo advierto correcto. "Pues yo quiero ver 'Los Simpsons'" es mi análisis. Pero absténgase el lector de realizar un juicio contra mi persona sin conocer la situación más a fondo.
Compungido por tal aciaga situación, me dispuse pues a chequear la emisión del resto de cadenas, con el fin de poder llenar el enorme vacío que la no emisión de "Los Simpsons" dejaría sobre la mesa y que solo podría ser llenado con un entretenimiento similar. En La 1, televisión pública, por cierto, un programa de corazón y famoseo, que no resultan de nuestro agrado. En La 2, el cajón de sastre de la caja tonta, como la llaman algunos, una chica de buen ver haciendo yoga. "¿Será realmente relajante hacer yoga? Debe ser doloroso" es la idea que surge en mi mente. No me detengo en Antena 3, puesto que ya he comprobado de primera mano que la emisión no se ajusta a lo que buscamos para hacer más amena la hora de la comida. En cuatro, los deportes, con su particular forma de informarnos de qué ha comido Cristiano Ronaldo o a qué hora han recogido Luis Suárez y Messi a sus hijos del colegio, lo cual, lamentablemente, tampoco nos agrada en demasía. En Telecinco, un patio de colegio hecho programa de televisión, Mujeres y hombres y viceversa es su nombre. No promete demasiado cuando el viceversa final tiene tan poco sentido como el programa en sí. No siendo necesario un análisis sobre tal payasada, paso a laSexta. En este canal, dado que es filial de Antena 3, están haciendo un informativo exhaustivo acerca del juicio anteriormente referido. Finalmente, nos hemos decidido por ver asombrados cuán relajada parecía la chica del yoga.
"¿Y por qué no has prestado atención a tan importante acontecimiento como es el juicio a dos personalidades tan importantes dentro de la Casa del ciudadano Felipe?", podrían recriminarme algunos. Pues bien, yo doy mi respuesta gustosamente. Eso, precisamente, cortar la emisión de un programa verdaderamente crítico y preclaro como es "Los Simpsons" y poner en el púlpito a un puñado de personas que dicen ser analistas políticos y jurídicos, eso, bajo ningún concepto, puede ser de mi respeto. Con el visionado de "Los Simpsons" (siempre que el que lo visione sea lo suficientemente proclive al análisis que esta serie invita), el espectador sale mejor parado intelectual y políticamente que viendo a un puñado de payasos, como antes he dicho, inventar diversas teorías sobre los gestos de la cara de Urdangarín o el fiscal Horrach mientras Pedro Sánchez y Albert Rivera, nos condenan a una legislatura más sufriendo los vestigios (y no tan vestigios) del daño que el PP ha hecho estos 4 años. Una persona que ve "Los Simpsons", en definitiva, tiene un mundo de posibilidades a día de hoy mucho mayor que el que ve unas noticias politizadas y compradas por el IBEX 35, que explota libra de la pobreza a los ciudadanos de Bangladesh, la India o Thailandia.
En este artículo quiero denunciar públicamente (quizá es mucho pedir, al menos hasta donde llegue el mismo) el circo de alta lona y vasta arena que ante nuestros ojos extienden. Nos dicen que Pablo Iglesias es amigo del perro del cuñado de la hermana del dictador, asesino y malvado camarada de Satán Hugo Chávez, y que Amancio Ortega es un bonachón asceta que, de manera altruista, regala 200 dólares mensuales a la gente que, sonriente, hace prendas de vestir que posteriormente le regalan en unas fábricas que, vaya usted a saber cómo, se construyeron en lugares donde una persona no es capaz de poner la suya propia y, cuánta casualidad, el salario mínimo es inferior al de cualquier país occidental. Es un circo en el que también acontece un pintoresco espectáculo en el cual no recuerdo bien lo que pasa, algo así como que gente que no se conoce contrae matrimonio, además legalmente, quizá en busca de la fama en este mundo de locos, y también suelen haber payasos que gustan de analizar los gestos del público, condenándolos al sectarismo para no ser objeto de humillación por el resto. Sin embargo, "Los Simpsons" está prohibido en este circo. Hay que acudir a cines clandestinos para disfrutar de semejante manjar audiovisual. En estos cines también se venden libros que no gustan al director del circo, como "Un mundo feliz", "1984" o "Fahrenheit 451". A veces se comenta que realmente Pablo Iglesias no es más que un seguidor de la teoría de Keyness con una visión izquierdista de lo que ha de ser la libertad social, y se oye decir que Amancio Ortega no regala dinero, da limosnas a cambio de millones de prendas de ropa, no es altruista, no es asceta, y que esas fábricas, qué cosas tiene la vida, son realmente suyas, construidas con el consentimiento del tirano presidente del país en cuestión. Depende de la perspectiva.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Niebla
El día estaba cubierto por una descomunal niebla, o
al menos lo percibía el señor Don Vicente Marín, que acababa de entrar en su
casa. Subía paulatinamente las escaleras, al ritmo que le permitía su avanzada
edad. Tras esa particular odisea de peldaños y escalones, se dejó caer exhausto
en el sillón. Y es que, la edad pesaba en él como pesa el dolor sobre alguien
que acaba de perder a un ser querido. El fluir del tiempo, qué era exactamente (cuestiones
que desde pequeñito le obsesionaron) y la duda de si había aprovechado el suyo,
que ya sentía cómo se terminaba, le
angustiaban más que nunca en esa etapa de la vida. Hay que admitir que ochenta
y dos años no son pocos, y más cuando uno lleva tiempo sin salir de casa. Don
Marín pudo contemplar desde la panorámica vista de su confortabilísimo sillón
su repletísima estantería llena de libros escritos en inglés, alemán, ruso,
pero sobre todo en castellano. La niebla era tan densa que parecía que entraba
en su propia casa. También pudo visualizar con excelso gozo y deleite, como
consuelo de la inusual fatiga que había sufrido esa terrible mañana, aquel característico
edén literario que le hizo compañía durante gran parte de su vida. Allí se
hallaban desde Homero hasta él mismo, pasando por Cervantes, Shakespeare,
Dostoievski, Nietzsche e incluso Stanley Kubrick, solo por citar a algunos de
sus mejores compañeros y (únicos, en aquella terminal circunstancia de su vida)
amigos. La verdad es que fueron los únicos que no le fallaron jamás en aquel
mundo que parecía que le demostró empeñado en amargarle el existir. La niebla
crecía y creía, se hacía más densa y apenas le dejaba leer los títulos de los
lomos de los libros.
Y
finalmente, le llegó a nuestro entrañable anciano ese extraño momento en el
que, según lo que se suele decir en el saber popular e incluso en libros y
testimonios mínimamente serios, uno sabe que está a un instante de la muerte y
comienza automáticamente a hacer un breve análisis de lo que ha sido su vida. Y
comenzó a recordar el descubrimiento
de su pasión (y quizás de su locura) con Don
Quijote de la Mancha siendo apenas un infante de 6 años de edad, esa
particular faceta de amante utópico y cobarde en la adolescencia, sus ojos
grises, ese amor por la filosofía inculcado por Platón y Nietzsche (sí, una
curiosa combinación, nosotros tampoco la entendemos), esos grandes y ojerosos
ojos grises, ese intento fallido de meterse en política, que casi acaba con su
vida, esos ojos, la niebla, grises, cada vez más densa y gris, ojos, las cartas
de amor que nunca envió, la añoranza de un hijo y su insatisfecho deseo
parental, ojos grises, niebla de sensaciones y de sentimientos indefinibles era
lo que le rodeaba en ese momento. Se sentía turbadamente aturdido, en exceso,
todo aquello era demasiado para él. Niebla, niebla, niebla. Demasiado gris era
todo.
Mareado
era como se encontraba, por dar una vaga explicación de su estado (tampoco
podemos decir más). Su frágil corazón latía cada vez más aprisa. Justo en ese momento
la infame idea de que había tirado su vida a la basura, que no había sido más
que un chiflado con alguna enfermedad o trastorno psicológico no diagnosticado
comenzó a rodar por su arrugada cabeza. Pero, afortunadamente y atendiendo a
las leyes de la razón, se tranquilizó, en esos agónicos momentos pudo
comprender que no llevaba razón para nada. Terminó concluyendo que su vida,
totalmente entregada a los libros, la filosofía y al cine (aunque a eso último
más bien como espectador, ya que se iba a ir con esa asignatura pendiente) no
había estado nada mal. Incluso también razonó que difícilmente podría haber
imaginado una vida mejor… La única pena que guardaba su acuitada alma era la de
poder haberla compartido con aquellos ojos grises.
Tras
un esfuerzo de inconmensurables medidas, el ilustre señor Don Marín se levantó
con el coraje necesario que requería la situación y se alzó frente a la estantería,
de la cual, mediante un azaroso proceso debido a las infaustas circunstancias,
tomó en sus manos un libro. Pero la niebla ya se había hecho tan densa, tan
densa, tan gris, tan bella y a la vez abyecta que no pudo leer el título. Una
lástima. O podría ser que la niebla que percibía no fuera sino aquella que le
estuvo persiguiendo durante toda su vida, y que lo que verdaderamente le
impedía leer correctamente el título eran las lágrimas que en ese momento
surcaban su rostro marchitado…
sábado, 19 de septiembre de 2015
Knocking on heaven´s door
El cielo. El reloj marca las 14:00. Suena el despertador. Se
levanta Dios. “Que bien he dormido hoy”. Se rasca el culo. Va a la cocina. Ve a
la Virgen. “¿Qué hay hoy para comer?”, pregunta Dios. “Lo que tú quieras, eres
omnipotente, ¿recuerdas?”, contesta la Virgen. “Unos spaguetti estarían bien”,
afirma Dios. “Oído cocina”, respondía la Virgen mientras despedía a Dios.
Para hacer tiempo, Dios, miró su móvil, 747816487 llamadas
perdidas. Tampoco se sorprendió el omnipotente. El móvil sonó y, Dios, tras
vacilar un poco, finalmente se decidió a contestar:
Dios: Diga
Niño: Hola soy Carlos.
Dios: (percatándose de que la voz tenía que ser de un niño)
¿Qué es esta vez? ¿Tus padres han tenido un accidente de coche y quieres que
los salve? ¿Estás enfermo en tu cama de hospital y quieres que te cure? Venga
niño, tengo hambre, lo que pidas, que sea pronto y obraré el milagro.
Niño: Sólo quiero hacerte unas preguntitas.
Dios: (aparta el móvil de su boca y comienza a soltar en
bajito una serie de tacos en latín) Bueno, dime, niño.
Niño: ¿Por qué permites que haya guerras entre países?
Dios: ¿Qué dices?
Niño: ¿Por qué dejas que exista el calentamiento global y
efecto invernadero?
Dios: Vamos a ver, chico…
Niño: ¿Por qué has permitido que miles de personas sean
fusiladas?
Dios: Puto niño.
Niño: ¿Por qué la gente se odia? ¿Por qué discuten? ¿Por qué
las personas escupen al negro de la esquina? ¿Por qué hay personas que para
comer rebuscan en la basura? ¿Por qué en África mueren de hambre?
Dios: (cansado de las preguntas del crío y dirigiéndose a la
parienta) ¿¡Están ya los spaguetti!?
Niño: (después de seguir con una innumerable serie de
preguntas) ¿Por qué no me respondes Dios?
Dios: (suspirando) Tu problema, Carlos, es que estás
equivocado, siempre dices “tú permites” o “dejas que exista”, pero en absoluto
soy yo el causante de todos esos males.
Niño: Pues el cura del pueblo, Hermenegildo, decía que era
Dios el que lo decidía todo, que Él era el causante del mal y del bien.
Dios: ¿Cómo? Menuda soplapollez. A ese mañana le regalo un
VIH… Esa estúpida doctrina del cristianismo, ¡vaya manera de manipular mi
legado!
Niño: Entonces, ¿quién es el causante de todos los males?
Dios: (por primera vez, contento de contestar) El hombre.
Niño: ¿El hombre?
Dios: Sí, el hombre. Él es el causante de las guerras, del
calentamiento global, del efecto invernadero, del odio, del hambre, de la
corrupción, de millones de muertes… Yo les otorgué la vida, les di un mundo
perfecto. Maldita sea, ¡no les faltaba de nada! Pero entonces, el hombre se
erigió como dueño indiscutible de un mundo que no les pertenecía. Despreciaron
al resto de seres vivos. Y, una vez ello, solo era cuestión de tiempo que
comenzaran a despreciar a los de su misma especie. Así fue, se perdieron los
valores. Se pasó del estado de supervivencia al estado de gula. Desde entonces
todo fue miseria y hambre de poder.
Niño: Pero, ¿por qué?
Dios: Todo fruto de la estúpida manía de los hombres de
buscar líderes que les guíen. Los que crearon los Reyes, los que crearon los
dictadores y (suspirando, esta vez de una forma distinta a la anterior y tras
una breve pausa) los que me crearon a mí. Espero impaciente el día en que los
hombres decidan por sí mismos, que nadie decida sobre ellos. Que sean los
propios dueños de su destino sin necesidad de torcer el de los demás.
Niño: Entonces, mi padre, que nunca le ha hecho daño a
nadie, ¿también es responsable de esos crímenes?
Dios: Supongo que todos los que permiten las injusticias son
cómplices de ellas.
Niño: Pero, un solo hombre no puede cambiar el mundo, es
imposible.
Dios: ¿Imposible? ¿Por qué iba a serlo? Yo lo hice.
La Virgen llamó a Dios, ya estaban listos los spaguetti.
Colgó el móvil, Carlos ya no pudo hablar más con él. No obstante, eso ya daba
igual, pues Carlos ya sabía lo que quería ser de mayor.
martes, 15 de septiembre de 2015
Suicidio colectivo
«Quizá algún día el anarquismo sea la solución. Mientras tanto, será un crimen».
El 12 de mayo de 1990 amaneció como amanecen los días que nos deparan un futuro ininteligible. Esas mañanas especialmente frías y molestas, cuyo frío cala en los huesos, pese a las fechas que corrían. A Andrés el helor de las horas verpertinas le hacía caer en divagaciones, tales como la mañana que levantaría al pueblo francés contra la Bastilla, o como aquella en la cual los bolcheviques acabaron con el despotismo de los zares. Las revoluciones le parecían necesarias y especialmente bellas.
Pero aquel era el día de los anarquistas. Los Grandes, como se hacían llamar, se congregaron en la puerta del Congreso a primera hora de la mañana para una manifestación más, como se venían repitiendo desde hacía algunos meses. Los Grandes jamás habían contado con una organización suficientemente densa, siguiendo fielmente el supuesto anarquista de que el individuo está por encima de cualquier otra cosa. Y era esta falta de organización la que debía cambiar España para siempre.
Su acción nunca iba más allá de un par de insultos a la élite parlamentaria, en ciertas ocasiones una agresión a algún ministro, pero nada que no se curara con una alta dosis de represión. Ya habían encarcelado a David tras causar una conmoción craneal al vicepresidente.
Andrés estaba nervioso. No había comunicado nada a ningún alto mando de la organización -irónico pero cierto- que llevaba un revólver en el bolsillo. Se sentía cansado de recortes sociales, de represión política, de terrorismo de Estado, no quería volver a casa después de agotar sus fuerzas en lanzar insultos para toparse con otro titular como los que se venían repitiendo por la acción conjunta pero invertebrada de los anarquistas por toda la geografía española. Una pena de muerte en Valencia, un apaleamiento en Barcelona, dos fusilados en Cáceres. El país estaba enfermo del peor virus
de todos: el ansia de poder.
Ahí salía el presidente, sonriente, ajeno a los problemas que su mezquindad causaba, con una nómina de 8000 dólares mensuales no había de qué preocuparse. Daniel estaba a su lado, profiriendo los típicos argumentos que los Grandes usaban para justificar su acción. "¡Asesinos, opresores, fascistas!". "¿Y luego qué?", se preguntaba Andrés. "¿Todos a casa a ver la televisión? ¿Para eso estaban dando sus fuerzas?" No, la desidia debía acabar de una vez por todas. Cargó el arma,
la alzó, apuntó al presidente, y accionó el gatillo. Después, silencio. El atronador ruido del martillo percutor había silenciado a los más bravos anarquistas que allí se encontraban. El presidente, muerto en el suelo con un disparo en la cabeza. Andrés se pronunció:
-Camaradas, estoy aburrido de protestar por vicio. Estoy aburrido de ser anarquista solamente en la puerta del Parlamento. Desde hoy vamos a hacer verdad lo que defendemos. Hoy España cambiará. Hoy nacerá una comuna que no tendrá nada que envidiar a la parisina, y miraremos con desdén cualquier paso de Lenin o Stalin. Hoy alcanzaremos la organización más suprema a la que el hombre pueda aspirar. A partir de hoy España será anarquista.
-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó alguien entre el grupo de los proclives a la violencia-.
-¡Que Andrés dirija la Revolución! ¡Él debe articular el nuevo Estado!
En ese momento la cara de Andrés cambió totalmente. Había matado a un hombre para nada. No había conseguido ninguna anarquía. Nadie había entendido nada. Ninguno había luchado por lo que verdaderamente sentía.
-No estáis preparados -dijo desde la escalinata del Parlamento, completamente decepcionado.
La respuesta de este "anarquista" le heló como le podían helar los crímenes que el presidente perpetuaba día a día, de modo que se largó lejos de este país de inútiles nihilistas, acostumbrados a recibirlo todo hecho. Había asesinado a un hombre más demócrata que él mismo, ya que no había usurpado ningún puesto, para esto. Para que le nombren jefe de la revolución.
"Quizá España sea la tierra perfecta para ser dirigida y no autogestionada", pensó mientras, como si frente a un espejo temporal se situase, accionaba su pistola una última vez, esta vez sobre su sien.
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