lunes, 7 de septiembre de 2015

Te quiero, puta



                Esta lluviosa mañana, estaba yo escuchando el maravilloso Lago de los Cisnes del maestro Tchaikovski. Tras deleitarme con el sublime río de exquisitos motivos melódico-armónicos que suele ser la música del genio ruso, sentí un inmenso vacío en mi vida, como siempre me pasa cuando termino de leer una gran obra literaria o cuando termino de escuchar una gran obra de los compositores de antaño, ¿nunca os ha pasado? Y para cubrir ese vacío que cubría mi vida, no hice otra cosa que poner en Spotify una playlist de heavy metal. Y qué curioso, que la primera canción que se reprodujo fue la única que el grupo alemán Rammstein tiene escrita en nuestro idioma, una canción llamada, como reza el título de esta entrada: Te quiero, puta. Y aunque la letra pueda parecer una soberana mierda de muy mal gusto (que la verdad es que es así), un fragmento de ella me hizo pensar y lanzarme a escribir sobre un tema que, como ser humano, no me es ajeno y del que llevo tiempo queriendo hablar.

            He de confesar que nunca me gustaron esas cosas llamadas Petrarquismo y amor cortés. Todo eso de las donnas angelicatas (y más a mí que me gustan mucho más morenas…), del amor platónico, de la idealización de la mujer de  la ausencia del deseo sexual y encima de todo eso de la sumisión de la mujer, de tenerla como un sujeto pasivo, me pareció un auténtico cúmulo de tonterías e hipocresía. Y digo esto último porque el seductor protagonista de la obra más célebre de José Zorrilla no tiene nada que ver con los comportamientos depravados y mujeriegos de muchos poetas de la época. Y por si fuera poco, mi generación, unos cuantos siglos después, tiene que pagar el pato siendo bombardeados por una concepción parecida a la de entonces como fruto de la fuerte tradición petrarquista. Y sí, no me gusta ese cóctel de tontería, hipocresía (de nuevo) y tópicos de las que están llenas el 80% de películas actuales e incluso la literatura. Siempre la misma basura del chico que se enamora de la chica guapa, y tras mucho sufrir la película acaba en un apasionado morreo de ambos. Luego nunca se cuenta qué ocurre después, cuando es muy probable que sea un matrimonio infeliz (como lo son la mayoría) con dos hijos consumistas y malcriados en cuya frente estará también marcado ese infausto destino, el de enamorarse y luego ser infeliz. ¡Y lo mejor es que muchísima gente se cree todas esas chorradas de la típica película de domingo aburrido de Antena 3! Pero en fin, ya hablaré otro día de la relación de la visión del amor actual con el petrarquismo y del cine como instrumento de conducción del poder.

            Aunque aborrezca la actual percepción neoplatónica y “neocortesiana” con el que se enfoca al amor desde el cine y otros medios de comunicación y que cala fuertemente en ciertos sectores de la sociedad, eso no quiere decir que sea una especie de misántropo (miento, un poquitín sí) schopenhaueriano completamente ajeno al amor. También fui víctima de ese lavado de cerebro generalizado y por supuesto me he enamorado de mujeres que no me podían ofrecer nada útil, y que sin embargo, dios sabe por qué, me volvían loco.  Pero en fin, ahora que considero que soy un ser maduro (en ocasiones no tanto) y con una visión diferente del mundo a la que tenía antes, criticaré la hipocresía y la depravación de este sentimiento que, por fortuna o por desgracia (en mi opinión por desgracia), según dicen, mueve el mundo.

            Si hay algo por lo que nos caracterizamos los seres humanos, es por cuán ridículos y absurdos podemos llegar a ser. Muchas veces caemos en la trampa de pensar que somos diferentes al resto de seres que habitan este planeta, y no solo pensamos que somos diferentes, sino que somos superiores, cuando es muy probable que seamos la peor especie que jamás haya existido. Ya lo decía Nietzsche: “El mono es demasiado bueno para que el hombre descienda de él”. Misantropía aparte, otra cosa que caracteriza al ser humano es el ardiente deseo de amor que recae generación tras generación. Seguramente sea por un hondo temor de nuestro subconsciente a morir solos, ese eterno miedo a la soledad, es lo que muchas veces hace que deseemos amar y ser correspondidos, aunque quizá no me des la razón ahora mismo. Casi siempre que pregunto a mis contemporáneos sobre cuáles son sus objetivos en la vida,  es raro no oír un “formar una familia”, “encontrar al amor de mi vida”, “casarme y ser feliz”, lo típico. También una cosa que me llama la atención es la continua exaltación del amor que se hace en las redes sociales, subimos fotos a Instagram, a Facebook, al múltiple elenco de mierdas, quiero decir, redes sociales; queriendo hacer ver que mi pareja es la mejor, que es lo mejor que me ha pasado en la vida, y recordaros a los demás que no tenéis pareja y que vuestra vida es una mierda. El pequeño misántropo que llevo en mi interior hace que brevemente sonría irónicamente cada vez que corta una pareja así. Y amigos míos, toda esta exaltación que hacemos sobre el amor, no es más que una pútrida mentira hecha subconscientemente por el ya mencionado miedo a la soledad.

            Seguramente estéis pensado que soy un amargado que  no se ha comido un rosco en la vida. Quizá hasta no vayas mal encaminado. Pero ahora bien, os recuerdo que muchas veces no somos más que animales, y como animales, hay algo que no nos es ajeno, que es el instinto de perpetuación de especie, en otras palabras, lo que hoy se considera la depravación: follar como conejos. Nos engañamos bajo el velo del amor, pero en nuestra gran mayoría no somos más que pervertidos deseando copular con lo primero que se pille o en contraposición, encontrar pareja lo más rápidamente para matar ese miedo subconsciente a la soledad. Con esas dos últimas premisas, no me extraña deducir que la gran mayoría de matrimonios actuales vivan amargados, odiándose mutuamente en silencio. ¿Y dónde queda el amor, todas esas cosas espirituales que los escritores e incluso filósofos han hablado durante siglos? A día de hoy, no son más que ilusiones, mera cuestión de percepción. No sería la primera vez que me encuentro con amigos que suben fotos con sus parejas a las redes sociales con vomitivos tochos de descripción que harían vomitar arcoíris incluso al más cursi de los poetas contemporáneos (si es que se les puede llamar así) amorosos que se dan a conocer por internet y que publican sus versos en ediciones muy bonitas para ocultar su mediocridad, que me confiesan, al ver pasar en una cafetería a tres mujeres bellas, que se tirarían a las tres una por una, o que les gustaría tener un cuerpo escultural para ligar todo lo que quisieran, a lo que yo, perplejo, decía: “Tío, si tienes novia”; a lo que respondía: “Es que si estuviese como no sé quién, no tendría ni novia, solo follaría”. Neruda cuando estás con ella, Don Juan con tus colegas. Olé tus huevos.

            ¿Y qué tiene que ver Rammstein aquí? Precisamente en esa canción de dudoso contenido lírico, habían unos versos que rezaban “Entre tus piernas voy a llorar, feliz y triste voy a estar”. Lo que puede  verse como una frase sin sentido escrita por gente que no tiene ni idea de español (y desde luego, supongo que se les dará mejor la lengua de Goethe), yo lo veo como de la más clara definición de la situación actual  de ese sentimiento que mueve el mundo (junto con el dinero), y es que, las cópulas vacías de ese donjuán (o de esa doñajuana, que últimamente parece que hay más que donjuanes), o las de esa pareja que se cree que se ama profundamente pero que en verdad no es más que una paupérrima salida a ese vacío eterno que es la soledad; representan la desesperación y la tristeza, e incluso a veces resignación, por intentar alcanzar eso que se nos vende como amor verdadero, y que muy poca gente alcanza de verdad (principalmente porque no sabemos que diantres es), condenados a este eterno retorno del dolor y la soledad que nos rodea aunque tengamos pareja o 367169 amantes. Un te quiero que no representa nada, un te quiero que olvida la tercera palabra de la canción del grupo germano, puta (o puto, que quizás sea algo misántropo, pero os puedo asegurar que para nada soy machista).

            Quiero recalcar que esto no es una crítica directa a ninguno de vosotros, lectores. Es posible que muchos de vosotros seáis y seréis felices con vuestras parejas y que sentís ambos un amor sincero. Simplemente quería hacerme eco de este ambiente de hipocresía que está presente en mi sociedad actual y desahogarme un poco, porque yo también me he enamorado por desesperación, y quizás lo que quiera en lo más profundo de mi corazón es encontrar algo sincero y comprensivo en un mundo lleno de depravación e hipocresía. Mientras tanto, seguiré ojeando estos relatos de Borges que tengo junto a mí y disfrutando de la música de Tchaikovski. Y es que, últimamente solo veo cisnes negros…


1 comentario:

  1. Me parece una muy buena crítica. De hecho comparto totalmente tu forma de pensar frente a la percepción del amor actual.
    :D

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